EL REDESCUBRIMIENTO DE GRECIA
(SIGLOS XVII-XIX).






JOSÉ MANUEL CERVERA ENTRENA
I.E.S. Arroyo de la Miel, Arroyo de la Miel (Málaga)
cerveralatino@hotmail.com

Resumen
Con este trabajo quisiera mostrar una importante labor que tuvieron los viajeros y eruditos de los siglos XVII-XIX para rescatar, conservar y hacer perdurable la cultura que hoy amamos y enseñamos en nuestras aulas. En este punto, me centro en lugares tan importantes con Atenas o Mecenas y en figurar de vital importancia como H. Schliemann.

Palabras clave
Arqueología, Grecia, Atenas, expolio, Micenas, H. Schliemann
ÍNDICE


  1. OBJETIVOS Y METODOLOGÍA
    1. 1.0. Objetivos
    2. 1.1. Metodología




  1. INTRODUCCIÓN
    1. 2.0. El concepto de arqueología
    2. 2.1. Historia de la arqueología




  1. LA APERTURA HACIA ORIENTE: VIAJEROS, ERUDITOS Y MISIONEROS EN GRECIA EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII.


  1. EL EXPOLIO DE MATERIALES EN ATENAS Y EGINA Y LA REACCIÓN GRIEGA.
    1. 4.0. Bases teóricas del expolio


    1. 4.1. Atenas


    1. 4.2. Egina


    1. 4.3. Reacción griega al expolio de materiales




  1. EL ESTABLECIMIENTO DE LAS ESCUELAS EXTRANJERAS Y LA GEOGRAFÍA DE LAS EXCAVACIONES EN GRECIA.




  1. LA ARQUEOLOGÍA HOMÉRICA: EL DESCUBRIMIENTO DE MICENAS, TIRINTO Y TROYA Y SU TRASCENDENCIA EN EL CONOCIMIENTO DE LA HISTORIA DE GRECIA CLÁSICA.
6.0. Micenas
6.1. Tirinto
6.2. Troya


  1. BIBLIOGRAFÍA


  1. OBJETIVOS Y METODOLOGÍA
1.0. Objetivos
  • D ominar un porcentaje elevado de términos relativos a la arqueología, así como su historia y desarrollo.
  • Reconocer las figuras más importantes en la historia de la arqueología y, en concreto, en el periodo que nos ocupa en este trabajo.
  • Estudiar el redescubrimiento de Grecia a partir del siglo XVII.
  • Conocer los trabajos de H. Schliemann, a quien se debe el primer contacto material con la arqueología de la Grecia homérica y del Egeo.
  • Advertir la importancia que ha tenido para el conocimiento de la Antigüedad clásica las labores arqueológicas que se llevaron a cabo entre los siglos XVII y XIX.
  • Pervivencia en la tradición cultural.



1.1. Metodología
Me voy a centrar, y siempre de manera diacrónica, en el redescubrimiento de Grecia a partir del siglo XVII, cuando el debilitamiento del poder otomano permitió que gradualmente las potencias occidentales fueran estableciendo un contacto más directo con el territorio griego llegando incluso a expoliar sus bienes para completar las grandes colecciones nacionales.

En este punto haré hincapié en conceptos básicos en este tema como son los viajeros, los eruditos y los misioneros, y la importancia que tuvieron para el descubrimiento de restos arqueológicos y, sobre todo, para el nuevo enfoque que se le dieron.
Por último, se incidirá especialmente en la figura y los trabajos de H. Schliemann, a quien se debe el primer contacto material con la arqueología de la Grecia homérica y del Egeo, centrándome en la arqueología homérica: el descubrimiento de Micenas, Tirinto y Troya y su trascendencia en el conocimiento de la historia de Grecia clásica.

  1. INTRODUCCIÓN
2.0. El concepto de arqueología

En primer lugar hay que comenzar aclarando el concepto de arqueología, tratando de aportar cuantas más visiones mejor, pues la arqueología se designa a sí misma como ciencia, pero no ha recibido esta denominación desde un principio y el debate sobre su relación con la historia o la filología aún no ha concluido.

La arqueología, como “ciencia del pasado”, se define por su objeto, sus principios teóricos, sus métodos y resultados. Se aplica a cualquier obra humana en la misma medida que la filología, según la definición de Ernest Renan como “ciencia del hombre” que consiste en la “experimentación universal de la vida humana y, por consiguiente, en el estudio de todos los productos de su actividad1”.

“La arqueología estudia el pasado desde el presente, pero el arqueólogo no debe olvidar que el presente está marcado y condicionado por las investigaciones precedentes, y que el conocimiento arqueológico de hoy constituirá una de las muchas arqueologías pasadas en una o dos décadas”2.

“El estudio del arte antiguo es, en realidad, un tejido compuesto por tres hilos distintos: el conocimiento de las fuentes escritas, el conocimiento de los materiales encontrados en las excavaciones, el criterio metodológico seguido para llegar a correctas conclusiones históricas partiendo de esas nociones”3.

    1. 2.1. Historia de la arqueología

La arqueología ha aportado un amplio número de datos para estudiar la historia. Se ha convertido en una fuente imprescindible para el estudio de la Antigüedad y única para conocer las sociedades y culturas prehistóricas, lo que ha ampliado nuestro conocimiento del pasado.
El propio Tucídides, como según comenta él mismo, llevó a cabo algunas pequeñas excavaciones con el fin de documentar su historia. Santa Helena buscó, de igual modo, la verdadera conoce y los clavos de Cristo en Jerusalén. Emilio Paulo, tras conquistar Grecia, recogido abundantes obras de arte, que coleccionó en su casa. Y Augusto tenía una amplia colección de monedas. Es el primer síntoma por tener constancia material del pasado.
Y de hecho, la arqueología nació como coleccionismo y anticuarismo de obras de arte, algo que fue muy usual en el Renacimiento. Se defendía la vuelta al mundo clásico, recuperando no sólo las ideas sino también su cultura material. Todos aquellos artefactos, antiguos y singulares, fueron coleccionados por familias aristocráticas y reyes, aunque sin realizar estudios o clasificaciones de estos.
Hasta prácticamente el siglo XX, el coleccionismo de antigüedades de todas las épocas fue usual. Se hizo también normal la visita de aquellos lugares con magnas construcciones del pasado, realizándose cuadros y grabados.
Pero fue en el siglo XVIII el momento en que la arqueología empieza a dar sus primeros pasos. El ansia de coleccionismo había crecido, y es evidente que la única forma de aumentar éstas eran mediante la búsqueda de aquellos lugares donde pudiera haber dichos objetos.
A mediados del siglo XIX la Arqueología empieza a tomar cuerpo constituyéndose ya en ciencia, es decir, usando un método científico.
La Arqueología, como ciencia naciente, se basó en otras ciencias, como la recién creada Geología, especialmente a partir de dos de sus obras: la de James Hutton, Teoría de la tierra (1785) y Principios de Geología (1833), de Charles Lyell. Ambos estudiaron los procesos de estratificación, lo que se convertiría en la principal arma del arqueólogo.
El otro gran punto de apoyo era el tipológico, y nacía por esta misma época. El estudioso danés C. J. Thomsen dio la Teoría de las tres edades en 1836. A partir de colecciones de objetos singulares depositados en el museo nacional de Copenhague, observó que éstos se podían dividir en edad de Piedra, edad del Bronce y edad del Hierro, por el material con el que estaban hechos. Era el comienzo de la tipificación y de la periodista ción de lo que se llamaría Prehistoria.
Por aquellas mismas fechas, desde el culto de vista de la biología, Charles Darwin encontró evidencias también de animales y plantas ya extinguidos. De ahí dedujo que el mundo había sufrido una evolución, y que los animales ahora conocidos provenían de esos otros, al observar que compartían rasgos.
En 1859 daba a conocer El origen de las especies, que desmontaba la creencia bíblica de la creación divina. A Darwin debemos agradecer las ideas de la selección natural o supervivencia de los más aptos. Pero más impactante fue su segunda gran obra, El origen del hombre, publicada en 1871. En esta obra, tras explicar el proceso de evolución del hombre similar al del resto de especies, se cuestionaba cómo había evolucionado el hombre y cuál era su antigüedad. Estas cuestiones únicamente podían ser resueltas por la Arqueología, que se empezó a apoyar ya en la etnografía.
Centrándonos ya en personalidades importantes en la historias de la arqueología, y más en concreto, de la arqueología que se desarrolló en Grecia, Jacob Spon ocupa un lugar privilegiado entre los estudiosos que contribuyeron al nacimiento de la arqueología, pues él fue el primero en utilizar este término en el prefacio su obra epigráfica Miscellanae eruditae antiquitatis.
Consideraba que la aportación de la filología clásica no era suficiente para el progreso de las ciencias históricas, y que había que dirigirse a otras fuentes, como las inscripciones y los monumentos.
La explotación sistemática de las inscripciones y la comparación incesante entre los textos y los datos observados sobre el terreno constituían las normas del método crítico según Spon, método que aplicó en el curso del viaje que emprendió, sin ninguna misión oficial, para satisfacer su gusto por las antigüedades, y que lo llevó a Grecia, Italia y Asia Menor en compañía del botánico inglés George Wheler.
E n 1676, acompañado por Wheler, Spon dirigió en Atenas la primera gran exploración arqueológica. La ciudad del siglo XVII ya no era la que había visto Pausanias. El terreno estaba cubierto de viviendas, iglesias bizantinas, mezquitas... y también de ruinas.
En la Acrópolis proliferaban entre los monumentos las construcciones para alojamiento de los soldados. La investigación en ese suelo sin despejar era casi imposible, y a ello había que añadir la vigilancia de la guarnición y la hostilidad de la población. Y sin embargo, los monumentos eran entonces más numerosos y estaban mejor conservados que ahora. No había sufrido demasiado durante la ocupación otomana. Los grandiosos recuerdos relacionados con la historia de la ciudad la protegían sin duda a los ojos de las autoridades; estaba prohibido tocar las esculturas del “templo de los ídolos”, como los musulmanes designaban al Partenón.
Spon fue uno de los últimos europeos que vio y describió el Partenón aún intacto. El 26 de septiembre de 1687, durante el asedio de Atenas por los venecianos, cayó una bomba sobre el templo, donde los turcos habían almacenado municiones, y lo redujo a ruinas.
Los arquitectos en busca de nuevas referencias abrieron el camino a los estudios de arqueología. El impulso llegó desde Italia, pues el descubrimiento de Herculano en 1738 y el de Pompeya en 1748, y las excavaciones que se realizaron allí, renovaron el conocimiento de la Antigüedad.
Estudiosos y artistas entraron en contacto directo con una civilización profundamente influida por la Grecia clásica y helenística: copias de originales griegos en escultura, frescos inspirados en la pintura griega de caballete…
En ese momento, el campo de las investigaciones se extendió a Grecia. Los primeros en acudir allí fueron dos ingleses, James Stuart, y un arquitecto, Nicholas Revett, que se habían conocido en Roma.
Ambos se interesaban por la arqueología y elaboraron proyectos para reconocer, medir y dibujar las antigüedades de Atenas. La sociedad londinense de los Dilettani subvencionó su empresa y les encargó que reunieran modelos de ornamentación destinados a los arquitectos ingleses.
Otros dos hombres sirvieron de manera brillante a la formación de una ciencia arqueológica moderna: conde Caylus y Johan Winckelmann. Cada uno a su manera, ambos orientaron la búsqueda de antigüedades hacia el estudio del arte.
Caylus propuso mirar los monumentos como prueba y expresión del gusto que dominaba en un siglo y en un país, aplicando este método en su “Recopilación de antigüedades egipcias, etruscas, griegas y galas”, obra situada en una tendencia moderna.


Mención aparte merece Johann Winckelmann, revolucionario e inventor de la historia del arte griego desde su primera obra, “Reflexiones sobre la imitación de los griegos en la escultura y en la pintura”.


En la “Historia del arte en la antigüedad”, su obra maestra, Winckelmann formuló la idea de evolución del arte “que nace, florece y perece con las civilizaciones en cuyo seno se desarrolla”, intentando clasifica del arte griego basándose en la noción de estilo.


A partir de aquí, tal y como se recoge en “El nacimiento de la arqueología moderna, 1798-1945” de Ève Gran-Aymerich, cobró especial importancia el estudio de la cerámica, cuyos criterios fueron establecidos en primer lugar por Eduard Gerhard y Otto Jahn, es el núcleo de los trabajos de A. Dumont y sus discípulos, pioneros en el estudio minucioso de gran número de objetos y clasificación en series tipológicas y cronológicas orientadas a la creación de catálogos.
A. Dumont tiene el proyecto de realizar una obra capital en la que tratará de establecer la procedencia de las cerámicas de Grecia, “Les pintures céramiques de la Grèce propre”.
De hecho, hasta ahí el inicio del arte griego se fechaba en el siglo VII a. C. En función de los ejemplos de cerámica orientalizante o corintia, considerada como la más antigua. A partir de 1862 los especialistas se remontan constantemente a los orígenes de la cerámica en Grecia. La cerámica micénica es estudiada por A. Dumont, a partir de las vasijas de Santorini.
A la luz de todos los descubrimientos realizados desde que concibió su obra “Les pintures céramiques de la Grèce propre”, Dumont se centra sobre todo en la cuestión de los orígenes del arte griego y de sus lazos con Oriente. Se trata de verificar y completar las tradiciones y testimonio escritos mediante el examen de los objetos y especialmente de las vasijas que constituían fósiles directores cronológicos.
Los trabajos de esta época logran franquear una etapa decisiva en el estudio de las vasijas griegas. Mientras que los trabajos más antiguos presentaban una clasificación establecida sobre el análisis de imágenes y su distribución según los temas mitológicos, los catálogos elaborados a partir de 1870 se basan en el examen de los procedimientos de fabricación de las vasijas en función del estudio de sus formas y ornamentos: el objeto ya no se consideraba sólo como el marco de un cuadro, sino como un todo.
Posteriormente, Maxime Collignon, también de la Escuela de Atenas, aprovechando los criterios establecidos por A. Dumont, sigue su camino en los estudios cerámicos y realiza “Catalogue des vases peints de la Sociéte archéologique d' Athènes”, obra de pura arqueología figurada: el propio Collignon dibuja las vasijas típicas, que aparecen agrupadas en series geográficas y cronológicas basadas en el examen de formas y estilos restablecidos en su evolución.
En 1886, antes de los extraordinarios descubrimientos de H. Schliemann en Troya y Micenas, A. Dumont se había interesado por los vestigios de la prehistoria en Grecia. Las cerámicas de Acrotiri-Santorini, descubiertas por H. Gorceix y H. Hamet, las excavaciones de A. Salzmann y É. Bibliotti en las necrópolis de Camiros y Yalisos en Rodas, las de L. P. di Cesnola en Chipre y,, por último las de H. Schliemann, modificaron por completo las perspectivas de estudio de las vasijas griegas.
En este punto, me gustaría destacar el libro de Glyn Daniel “Historia de la arqueología. De los anticuarios a V. Gordon Childe donde elabora un análisis histórico y documentado, donde podría decirse que el libro es una antología de los documentos históricos relativos al origen, evolución y organización de la arqueología como ciencia independiente.
Da las líneas de investigación arqueológica: una obra clásica emparentada fundamentalmente con la historia del arte y que arranca de los trabajos de Johan Winckelman y otra, más rigurosa.
E ste trabajo de Glyn Daniel nos ofrece una exposición pormenorizada y sistemática de los consecutivos tramos en el estudio de los testimonios del paso del hombre sobre la Tierra, desde la perspectiva de la constitución de una disciplina, la arqueología, especializada en el estudio, ajustado a un método, de unos restos cuya significación se esclarece al vincular su investigación con la de los datos y testimonios aportados por la geología, la antropología y, entre otras, la ciencia histórica propiamente dicha.
En términos generales, el libro aporta una serie de testimonios a través de los cuales asistimos a la evolución de una ciencia que tras una etapa de tanteos, aproximaciones e interpretaciones localistas, personales y a veces extrañas a su propia y específica área de intereses, alcanza finalmente la madurez el utilizar el Carbono 14 para la consecución de una cronología absoluta con la que, disipando las dudas y confusiones planteadas por la cronología relativa basada en el sistema de las Tres Edades, establece un cuadro de nítidas referencias y vinculaciones.
Figura protagonista de esa última etapa fue Vere Gordon Childe, un arqueólogo extraordinario, con una capacidad de trabajo y de síntesis sin paralelo hasta nuestros días, autor de obras como “Los comienzos de la civilización europea”, “Lo que sucedió en la Historia” y “La evolución social”, verdaderamente clásicas en la materia y provechosas para todo aquel que se interese en ella.












1: ÉVE GRAN-AYMERICH: El nacimiento de la arqueología moderna, 1798-1945 (2001:19)
2: GLYN DANIEL: Historia de la arqueología de los anticuarios a V. Gordon Childe (1974, Prefacio)
3: RANUCCIO BIANCHI BANDINELLI: Introducción a la arqueología clásica como historia del arte antiguo (1982:103)

  1. LA APERTURA HACIA ORIENTE: VIAJEROS, ERUDITOS Y MISIONEROS EN GRECIA EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII.
Después de la división del Imperio romano en 395, Grecia se convirtió en una provincia del Imperio de Oriente o Imperio Bizantino, y el centro de gravedad de la vida griega se desplazó de Atenas a Constantinopla.
Empezó entonces un periodo tumultuoso para Grecia, marcado por las invasiones de los pueblos eslavos, del siglo VI al IX, que se instalaron en Macedonia y Tracia y se helenizaron parcial y progresivamente.
La toma de Constantinopla por los cruzados en 1204 puso a Grecia bajo la dominación de los señoríos feudales de Occidente, designados con el nombre genérico de “francos”.
Este acontecimiento marcó el inicio de una larga fase de seis siglos durante la cual los griegos cayeron bajo la autoridad de gobernantes extranjeros a los que opusieron una incansable y heroica resistencia.
A pesar de todo, la Edad Media no olvidó del todo la antigüedad griega, pero a lo largo de los siglos la comprendió cada vez menos por razones religiosas y culturales. El espíritu medieval estaba dominado por la fe, y la ideología cristiana se oponía por definición a la cultura helénica, convertida en sinónimo del paganismo.
Este hecho culminó con el cierre de las escuelas filosóficas por Justiniano en el siglo VI, marcando así el triunfo del cristianismo y la ruptura con el pasado antiguo, así como la transformación de los templos en iglesias.
Pero a principios del siglo XIV, y rompiendo con siglos de silencio, dos personajes jugaron el papel de pioneros en el redescubrimiento de Grecia: Cristóbal Buendelmonti y Ciriaco de Ancona.
Ambos eran italianos y formaban parte del movimiento humanista que se extendía por Italia. Pero mientras el humanismo se interesaba casi exclusivamente por los textos de los autores antiguos y la búsqueda de nuevos manuscritos, lo que caracteriza a estos dos viajeros es su curiosidad por el territorio y el deseo de describir fielmente lo que han visto.
B uendelmonti visitó las islas del Egeo como geógrafo y como hombre de letras. En cambio, la obra de Ciriaco fue más amplia y diversa y este infatigable viajero es precisamente considerado el fundador de la arqueología.
Sus primeros viajes como comerciante despertaron su curiosidad por los monumentos del pasado que encontraba, llegando a la convicción, original por entonces, de que “los monumentos y las inscripciones son testimonios más fieles de la Antigüedad clásica que los textos de los autores antiguos”.
Decidió aplicar ese principio y recopiló en un libro todos testimonios de la Antigüedad que encontró en sus viajes como mercader, pues nunca abandonó los negocios comerciales, aunque ya eran preparados científicamente, ayudándose de mapas, portulanos y un cierto número de obras como guía.
Fue el primero en conceder un papel primordial a los vestigios materiales para reconstruir una civilización, y en tener conciencia de su importancia histórica. Hicieron falta muchos siglos para que se impusiera esa evidencia.
Por otro lado, tras la caída de Constantinopla en 1453, y de la conquista de los territorios helénicos por parte de los turcos, se produjo un clima de continuas guerras, temor a represalias, desconfianza de los turcos dispuestos a acusar a cualquier curioso de espionaje, y finalmente, un ambiente peligroso derivado de la piratería, lo cual hizo que escasearan los viajeros.
Sin embargo, nuevas circunstancias políticas hicieron que el Levante resultara más accesible a los occidentales. La firma de las Capitulaciones y el establecimiento de misiones católicas, principalmente de jesuitas y capuchinos, favorecieron los contactos con los países helénicos.
En el siglo XVI Grecia no era un objeto de viaje en sí mismo: se la visitaba de paso hacia Jerusalén y Constantinopla.
Así pues, había numerosos peregrinos, mercaderes y, como novedad, miembros de las misiones diplomáticas. Los nuevos viajeros eran más numerosos y también más cultos. Tenían en común un nuevo espíritu, caracterizado por la curiosidad de ver cosas nuevas y el interés por los hechos geográficos y por la historia de la Antigüedad.
En resumen, formaban parte de la corriente de pensamiento humanista, que ya se extendía fuera de Italia y que se había visto reforzado por el éxodo de intelectuales bizantinos hacia los países occidentales, después de la conquista turca.
Entre todos estos viajeros, algunos eran auténticos eruditos como el naturalista y médico Pierre Belon, que en 1456 fue a estudiar las plantas, animales y minerales del archipiélago; el monje geógrafo André Thevet, que de vuelta de una peregrinación a Tierra Santa se detuvo en algunas islas y mencionó Delos.
El coleccionismo no sólo fue un signo de prestigio para los grandes y para los eruditos acaudalados, sino también el indicador de un interés más objetivo por los vestigios del pasado, considerados ya únicamente bajo el ángulo de la curiosidad, sino también como material científico.
Ya en el siglo XVI existían importantes colecciones de antigüedades en Italia. Y en los albores del siglo XVII, el pionero en Inglaterra en este terreno fue del conde de Arundel, un diplomático apasionado por el arte, concibió el proyecto de ir a buscar a Grecia esculturas e inscripciones. Arundel fue imitado tanto por el rey Carlos I como por el duque de Buckingham.
Hubo que esperar al siglo XVII para que se inaugurara la era de los grandes viajes a Grecia, frecuentemente organizados por coleccionistas. El gusto por las colecciones, el deseo de poseer objetos raros o preciosos, se propagó a partir de Francisco I de Francia.
En el último tercio del siglo XVII se inició un movimiento de investigación en el que los franceses ocuparon el primer puesto.
E ntre los numerosos trabajos de gran valor documental, de los que los dibujos del Partenón son los más importantes, es obligado citar el plano de Atenas llamado plano de los Capuchinos (1670), la relación del padre Babin (1672) -un jesuita misionero en Grecia y cuya descripción que dio de Atenas coincide bastante con el plano de los capuchinos- y la del cónsul Giraud (1675), primero en atribuir a Fidias las esculturas del Partenón.
Este conjunto de escritos y cartas, muy coherente, no fue realizado por viajeros sino por personas instaladas en Atenas, que habían adquirido un profundo conocimiento del país. Todos eran personajes instruidos y todos realizaron una obra desinteresada.
Los misioneros franceses enviados a Grecia habían recibido una sólida formación intelectual y ejercían una influencia muy favorable en la salvaguardia y estudio de los monumentos. Puesto que los extranjeros eran tratados como sospechosos por los turcos y tenían prohibido dibujar o hacer esquemas, los padres aprovecharon su situación para confeccionar el primer plano de la ciudad, el más detallado y preciso de la época.
Por otra parte, en el siglo XVIII Grecia estaba de moda y afluían los viajeros. A las categorías tradicionales de viajeros se añadieron artistas y jóvenes de las clases acomodadas que, pues de terminar sus estudios, completaban su educación con un periplo por el Mediterráneo, lo que se llamaba comúnmente el “gran viaje”.
A su regreso, las publicaciones de esos relatos de viajes, cada vez mejor ilustrados, eran grandes éxitos de librería. Es entusiasmo estaba en consonancia con el espíritu del siglo. La filosofía de las luces profesaba dos ideas maestras: la de la naturaleza y la de la razón. Entonces es cuando se aceptó de una vez por todas que tanto la una como la otra eran la herencia de la Antigüedad.
Así pues, después de 1750 se asiste a un retorno a lo antiguo, a sus valores estéticos y morales, y Grecia se convirtió aquí en la escuela de Europa.
El debilitamiento del Imperio otomano, minado por la anarquía interior, dejó vía libre a las ambiciones de las grandes potencias que deseaban su desmembramiento y la realización del “proyecto helénico”, que implicaba la liberación de los griegos.
La nueva situación política y bélica dio lugar a un cambio de actitud de los turcos respecto a los extranjeros. La vigilancia se relajó y los visitantes aprovecharon para circular y explorar más fácilmente el país y adentrarse en las tierras del interior hasta Macedonia, Tesalia o el golfo de Magnesia.
En ese momento se inició una corriente de exportación de antigüedades ante la que las autoridades cerraban los ojos. Los viajes aún comportaban peligros, pero la era de las exploraciones peligrosas tocaba a su fin, al tiempo que se anunciaba la del viaje romántico.
Por su parte, los griegos no dejaron de aprovechar el nuevo estado de cosas. Gracias a la protección rusa -Rusia se postuló como protectora de los ortodoxos y fomento sublevaciones- aumentaron su poder marítimo y comercial; con el auge económico, apareció una burguesía y se desarrolló un sentimiento nacional, alimentado por las ideas de la Ilustración y por el esfuerzo pedagógico de los griegos de la diáspora.
El viajero extranjero también jugó un papel importante en la toma de conciencia de la identidad nacional de los griegos. Con su culto por la Antigüedad, despertó la memoria ancestral de un pueblo sometido.


  1. EL EXPOLIO DE MATERIALES EN ATENAS Y EGINA Y LA REACCIÓN GRIEGA.
4.0. Bases teóricas del expolio
Para comenzar, me gustaría llamar la atención de la importancia que tiene una Arqueología Crítica.
La Ciencia, la Ética y la Política están íntimamente relacionadas con la Arqueología, y tal vez de un modo mucho más peligroso la Ética y Política. La Arqueología sufrió un gran cambio en esta etapa, y ese cambio vino, entre otros, a través de los diferentes modelos de gestión patrimonial que se aplicaron.
La “profesionalización” de la arqueología derivada de las leyes de patrimonio, ha dejado abierta una vía de debate en torno a las implicaciones económicas y políticas de la Arqueología, que van ligadas a la necesidad no sólo de esos códigos éticos que se mencionan, sino también de un control serio y una regulación de la actividad. Desde el momento en que la Arqueología se convierte en empresa entran en juego intereses económicos tanto para los arqueólogos como para quienes las sociedades que gestionan lo expoliado.
Esto se añade a las implicaciones políticas que muchas veces tenía y que se acentúan con cuestiones de identidad nacional en territorios donde las intervenciones de urgencia sacaban a la luz un pasado que no se correspondía con el discurso clásico nacionalista, íntimamente relacionado también con el incipiente colonialismo.
Por otro lado, el gusto griego no era sólo una fantasía; también expresaba una necesidad de regeneración, tanto de la literatura y el arte como de las costumbres, como reacción contra el barroco, que llegaba a su fin.
En los dos decenios que precedieron a la liberación de Grecia, estallaron cuatro “pillajes” reveladores de un saqueo de antigüedades practicado al escala internacional y que, al mismo tiempo, significaron un profundo cambio en el conocimiento de las cultura griega: el beneficio que obtuvo el mundo académico no justifica la manera en que los frontones del Partenón, los del templo de Egina, el friso de Bassae y la Venus de Milo llegaron a los museos de Londres, Munich y París.
Pero no contentos con saquear Grecia, los grandes de la época se saqueaban entre ellos. La arqueología formaba parte del juego de la guerra o le servía de coartada.
A finales del siglo XVIII e inicios del XIX, la caza de los tesoros del arte estaba alimentada por las necesidades de los museos públicos, que se multiplicaban. Estos museos públicos tenían sed de hermosas piezas cuyo resplandor contribuyera a la gloria del Estado que las poseía.
Ciertos factores políticos explican esos traslados de antigüedades desde Grecia. No había un poder bastante sólido para impedir el pillaje. Turquía se agotaba en incesantes guerras contra Rusia, Francia e Inglaterra, y el sultán no estaba en situación de negar nada a su protector del momento: de 1799 a 1806 fue Gran Bretaña.
En la misma Grecia no era difícil obtener, comprándolo, el permiso de las autoridades locales para realizar excavaciones. Por lo que respecta a las comunidades griegas, no tenían ningún medio de oponerse a la partida de su patrimonio.
Grecia se había convertido ya en un importante punto de atracción para los “turistas” de cualquier nacionalidad, pero ante todo ingleses. La situación política no era extraña a la moda del viaje a Grecia, facilitada por el acercamiento entre turcos y británicos en un momento en el que Italia estaba cerrada a estos últimos por la conquista francesa y el bloqueo continental.
En esas circunstancias excepcionales, Lord Elgin fue nombrado embajador en Constantinopla. Al parecer, la iniciativa y con ella la responsabilidad de una misión paralela en Grecia, con la voluntad de adquirir obras de arte y de impedir que Francia acaparase el mercado de antigüedades, partió del gobierno británico.
En cambio, otros ven sólo del proyecto personal de Elgin, entusiasmado ante la posibilidad que se le ofrecía de “hacer su embajada provechosa para el progreso de las bellas artes en Gran Bretaña”.
En cualquier caso, el antagonismo franco-británico jugó un papel importante en el expolio de los monumentos de Atenas. Para cualquier observador era evidente que, en ese inicio del siglo XIX, los mármoles de la Acrópolis estaban destinados a viajar bien fuera a Londres o a París.
4.1. Atenas
En el año 1658 se estableció un consulado francés, y se empezaron a tener los primeros visitantes extranjeros. El embajador francés en Constantinopla, en el año 1674, encargó al artista Jacques Carrey que realizara una serie de dibujos del Partenón y de sus esculturas,[n que han servido posteriormente para la documentación del lugar antes del ataque que sufrió en 1687 por los venecianos, bajo el mando de Francesco Morosini, el cual, además intentó llevarse las esculturas de las cuadrigas del frontón oeste, con el resultado de una destrucción completa, por la caída que sufrieron las esculturas por las pendientes de la Acrópolis.
Algunos de sus restos fueron recogidos por otros militares y son los que se encuentran en diversos museos de Europa: Roma, Venecia, Copenhague.[]
Durante el siglo XVIII los franceses organizaron un mercado de antigüedades en Atenas y consiguieron transportar una metopa y la lápida del friso del Partenón a París. A mediados de este mismo siglo, la Society of Diletanti de Londres encargó al arquitecto Nicholas Revert y al pintor James Stuart que midieran y dibujaran los edificios y las esculturas de Atenas; como resultado de ello, en 1762, se publicó el primer volumen de las Antigüedades de Atenas, con un gran trabajo científico y unos magníficos dibujos.
En julio de 1801 empezó el saqueo del Partenón, y en términos más generales de la Acrópolis; el saqueo duraría hasta 1805, fecha en que se prohibió toda retirada y toda excavación.
A principios del siglo XIX, Lord Elgin trasladó un gran número de esculturas del Partenón a Inglaterra, (los llamados mármoles de Elgin) y tras largas negociaciones las adquirió el gobierno inglés el año 1816 para el Museo Británico de Londres.
Varios equipos de obreros, bajo la dirección del pintor italiano Lusieri, apoderado de Elgin, se apoderaron de una docena de estatuas que quedaban en los frontones o que estaban enterradas entre las ruinas, y arrancaron sin cuenta y seis placas de friso y quince metopas, además del friso del templo de Atenea Niké y de una cariátide del Erecteion, por citar sólo las piezas más famosas.
Nada parecía oponerse a las ambiciones cada vez más desmesuradas de los británicos. Hunt, el capellán de Elgin, llegó incluso a proponer que se desmontará el Erecteion para reconstruirlo en Inglaterra.
Cuando en 1834, Grecia obtuvo la independencia, se empezaron las primeras excavaciones dirigidas por los arquitectos Schaubert y Kleanthes, supervisados por Leo Klenze, consejero del rey Luis I de Baviera (padre del entonces rey de Grecia Otón I). La Sociedad Arqueológica Griega, en el año 1837, bajo la dirección de Panagiotis Kavadias, hizo retirar todas las casas turcas que se habían construido dentro de la Acrópolis[.]
En 1866 Charles Ernest Beulé descubrió un foso, en el que, durante la invasión persa en el año 480 a. C., se habían escondido catorce esculturas de kuroí, de la que es una de las piezas principales el Moscóforo de tamaño natural. El resto de las excavaciones se hicieron entre los años 1885-1890, dirigidas por Panagiotis Kavadias junto con los arquitectos Wilhelm Dörpfeld y Georg Kawerau.[]
4.2. Egina
Egina, situada en el centro del golfo Sarónico, tuvo desde el inicio de la civilización egea un papel determinante en las relaciones comerciales entre las ciudades helénicas y entre éstas y los países del Mediterráneo.

Los primeros habitantes de la isla de Egina llegan en el IV milenio a.C. Las excavaciones han hallado restos en el asentamiento de Mesagros, situado cerca de la colina donde está el templo de Afaia, dedicado a las actividades agrícolas.

A partir del siglo VI a.C. Egina y Atenas se convirtieron en enemigos por motivos comerciales y políticos pues Egina limitaba la expansión ateniense debido a su control del golfo sarónico. Históricamente, Egina ha sido una potencia naval, basando igualmente su economía en la pesca y el comercio marítimo.

Centrándonos en la arqueología y las excavaciones en Egina, el descubrimiento del templo de Afaia en tiempos modernos se debe a Jacob Spon en 1675. Este médico francés, que viajó junto al botánico inglés Georg Wheler, como se ha dicho supra, pertenece a la categoría de viajeros eruditos que desde el siglo XVI comienza a visitar Grecia.

Jacob Spon consideraba que la aportación de la filología clásica no era suficiente para el progreso de las ciencias históricas, y que había que dirigirse a otras fuentes, como las inscripciones y los monumentos.

Tras visitar Asia Menor, Spon y Wheler llegaron a Atenas, donde estudiaron la topografía de la ciudad con el apoyo de la misión de monjes capuchinos y el cónsul francés Jean Giraud. De allí, partieron a la isla de Egina, donde visitaron el templo de Afaia, del que en ese momento eran visibles todavía veintiuna columnas. De esta visita dejó constancia Spon en su libro “Voyage d’Italie, de Dalmatie, de Grèce et du Levant”. No obstante, malinterpretó a Pausanias (II, 30, 4) y confundió este templo con el de Júpiter Helanios.

A partir del siglo XVIII la situación empezó a cambiar. Grecia se puso de moda en Occidente. Junto a los viajeros tradicionales se añadieron artistas y jóvenes de las clases acomodadas que después de terminar sus estudios completaban su educación con el un periplo por el Mediterráneo y al volver publicaban sus relatos de viaje, con gran éxito.

Robert Charles Cockerell y Karl Haller von Hallerstein, que eran arquitectos, decidieron tomar medidas del templo de Júpiter/ Afaia en Egina. Pero, tras los restos arquitectónicos surgieron inesperadamente las esculturas.

Los primeros fragmentos fueron extraídos en el pronaos: dos cabezas esculpidas de excepcional calidad. Y en seguida empezaron a aparecer muchos más en las zonas delantera y trasera del edificio. Los habitantes griegos de la zona protestaron pues creían que las estatuas desenterradas estaban dotadas de un poder “mágico”. Los notables de los pueblos circundantes pidieron a Cockerell que detuviera las excavaciones “por temor a que llevara la mala suerte a Egina”.

Pese a estos “inconvenientes” los descubridores los compraron por una suma irrisoria, que pagaron a las autoridades locales, y los llevaron a Atenas para obtener dibujos y calcos.


Sin embargo no tardó en estallar una dura competencia entre particulares y entes públicos para hacerse con aquellas esculturas, cuya importancia comprendían muy bien ambos arquitectos.

Así, mientras Cockerell defendía los intereses del príncipe regente de Inglaterra y los del Museo Británico, Haller actuaba en favor del príncipe heredero de Baviera, Luis. En determinado momento, y con el propósito de conseguir aquellas obras de arte para el Museo Napoleón, entró también en liza el artista S. Fauvel, que representaba en Atenas al embajador francés Choiseul-Gouffier, ante la Sublime Puerta. En vista de lo cual se resolvió proceder a una subasta pública, que habría de celebrarse en Zante. Pero, dada la inestable situación política de la zona, se decidió poner a buen recaudo las esculturas trasladándolas a al isla de Malta.

En este clima de intereses contrapuestos, Haller que había insistido al Príncipe Luis de Baviera, se salió con la suya. Las gestiones de un enviado del príncipe bávaro, J.M. Wagner y de Walter Gropius, lograron que se firmase un contrato de adquisición a favor de la casa real de Baviera por 120.000 marcos, sin ni siquiera haber visto los originales, pero con una idea muy clara de su valor tras conocer los calcos que le mostró en Atenas Fauvel.

Aquel golpe de mano suscitó ásperas críticas e inclusive demandas judiciales basadas en la no celebración de la subasta anunciada. Por todo ello pasaron dos años antes de que Wagner pudiera entrar en posesión de las estatuas. Pero antes de llevar las estatuas a la Gliptoteca de Munich, fueron restauradas por Bertel Thorwaldsen, conforme a la mentalidad e ideas estéticas de la época.

Desde las excavaciones de Hallerstein y Cockerell el templo no volvió a ser excavado hasta 1894 cuando V. Stais, un arqueólogo griego, en conexión con trabajos de restauración del templo, realizó una pequeña excavación de prueba durante la que descubrió parte del muro este del peribolos.


4.3. Reacción griega al expolio de materiales
En primer lugar, habría que definir el concepto de patrimonio cultural, aunque no parece tarea fácil.

Olaia Fontal (2003) ha analizado las distintas acepciones de patrimonio: como propiedad en herencia, como selección histórica, como sedimento de la parcela cultural y como conformador de la identidad social, a las que podríamos añadir también su papel como modelo de referencia.

Por su parte, González-Varas (2000) ha limitado la categorización de monumento artístico sólo a aquellos objetos a los que se concede un valor y un significado articular y distintivo, que los diferencian de otro tipo de objetos. Coincidiendo con esa dimensión evaluable, Josep Ballart (1997) ha definido los tipos de valores que pueden otorgarse a los bienes culturales, dividiéndolos en tres grandes categorías: valor de uso, valor formal y valor simbólico-significativo.

Finalmente, las instituciones públicas tanto de ámbito regional como internacional han propuesto sucesivas clasificaciones y denominaciones, recogidas en leyes no siempre coincidentes, para los elementos que se consideran integrantes del patrimonio cultural.

El problema de base es que se trata de un concepto relativo, que se construye mediante un complejo proceso de atribución de valores sometido al devenir de la historia, las modas y el propio dinamismo de las sociedades.

En resumen, podemos definir el patrimonio cultural como el conjunto de manifestaciones u objetos nacidos de la producción humana, que una sociedad ha recibido como herencia histórica, y que constituyen elementos significativos de su identidad como pueblo.

Tales manifestaciones u objetos constituyen testimonios importantes del progreso de la civilización y ejercen una función modélica o referencial para toda la sociedad, de ahí su consideración como bienes culturales.
Dejando a un lado el concepto de patrimonio cultural, hay que comenzar diciendo que el saqueo del patrimonio artístico se ha llevado a cabo en todos los tiempos y por todo tipo de gentes, incluso con autorización de los gobiernos nacionales para abastecer los museos, pues en todo tiempo ha existido el coleccionismo. Los romanos fueron unos grandes coleccionistas de antigüedades griegas. A partir del siglo III a. de C. los ricos conquistadores comenzaron a formar colecciones y participaron en una primera fase del pillaje a gran escala de la Grecia Clásica.
En la Edad Media y tras el pillaje de los bárbaros, las antigüedades no suscitaron tanta admiración. El tráfico de objetos culturales, sin embargo, continuó. Un primer gabinete de antigüedades se formó en el siglo XII en Roma. En Venecia un fuerte comercio de antigüedades, en parte de origen oriental, se desarrolló desde el siglo XIV. La reunión de colecciones no nace, pues, con el Renacimiento y el Humanismo, aunque se revitaliza fuertemente con estos dos movimientos, pero ahora extendido también a la antigüedad romana. La afición comenzó primero entre los humanistas y eruditos, pero luego se extendió a los príncipes y mecenas de la nobleza.
En 1509 Francesco Albertini escribe su Opusculum de mirabilibus novae et veteris Urbis Romae, impreso al año siguiente, al que siguieron obras parecidas de Flavio Biondo, Andrea Fulvio, Lucio Fauno o el opúsculo de Andrea PalladioL’Antichità di Roma”, y en la primera mitad del XVI se empiezan a buscar estatuas por toda Roma y se suscitan con este motivo rivalidades enconadas entre las más renombradas familias de la nobleza local.
El mercadeo de estos bienes florece y los precios se elevan considerablemente. Francisco I dedica un pabellón de su casa para hacerse en él una Roma del norte y la mayor parte de las cortes de Europa siguen este ejemplo.
En el siglo XVII se abre el periodo de los grandes viajes, especialmente a Grecia. El coleccionismo es entendido como un acto de prestigio por parte de aficionados y de príncipes, a veces animado por un verdadero deseo de conocer la Antigüedad. Los viajes aumentan más en el siglo XVIII. Se extiende la costumbre en las universidades de hacer un “grand tour” mediterráneo tras los estudios universitarios para aprender idiomas e iniciar colecciones. Se anuncia la era del viaje romántico.
Las potencias europeas envían misiones a Grecia en busca de medallas y de estatuas. Surge al mismo tiempo en Italia la “Etruscomanía” con el descubrimiento de grandes y ricas necrópolis. La arqueología romana se refuerza con las excavaciones de Herculano (1738) y Pompeya (1748).
Al final del XVIII y comienzo del XIX la demanda de antigüedades por parte de los estados y los coleccionistas se hace tan grande que se crean los grandes museos, como por ejemplo el British Museum (1753), uno de los más polémicos y criticados (junto al Museo del Louvre) por la forma en que consiguió hacerse con un rico patrimonio. Muchos países como Grecia, Egipto o Nigeria se consideran expoliados por Inglaterra y piden la devolución de las obras de arte a su lugar de origen. También el Museo Napoleónico en 1801, la Gliptoteca de Múnich en 1830, etc.
En 1796, cuando Bonaparte se lanza a la campaña de Italia, saquea las obras artísticas y antigüedades del Renacimiento y convoca a los artistas en una comisión del Directorio para escoger lo que debe ser llevado a París en su pillaje sistemático. Hasta el mismo Papa cedió muchas obras de arte y antigüedades.
Este botín llegó a París en 1798. La campaña de Egipto (1798-1800) abrió la puerta de una nueva civilización a los museos europeos, pero esta vez Bonaparte incluyó en su pillaje a arqueólogos, científicos y eruditos como Champollion, la “Commission des sciences et des arts” compuesta por más de 170 especialistas: astrónomos, médicos, botánicos, escritores, compositores, impresores, orientalistas, dibujantes...
Surgen los diplomáticos-arqueólogos-mercaderes que abastecen los grandes museos europeos. Como en Grecia no hay un poder político sólido durante la primera mitad del XIX, continúa el expolio.
Para los griegos, las estatuas que iban siendo desenterradas estaban naturalmente dotadas de un poder mágico: los notables de los pueblos fueron a pedir a Cockerell que detuviera las excavaciones por miedo a que llevaran la mala suerte a Egina.
Se inició ya una corriente de exportación de antigüedades ante la que las autoridades cerraban los ojos. Los griegos debido a su ignorancia en unos casos e impotencia en otros, nada podían hacer para impedir el expolio de su patrimonio. En este contexto no hay que olvidar que las grandes potencias consideraron la posesión de obras de arte clásicas como una muestra de su poder.

Aunque a posteriori el saqueo de las antigüedades significó un profundo cambio en el conocimiento del arte antiguo, el beneficio que obtuvo el mundo académico no justifica el modo en que fueron expoliados los países.

En abril de 1811 cuando partían los últimos mármoles del Partenón hacia Inglaterra llegaban Robert Charles Cockerell, John Foster y los alemanes Karl Haller von Hallerstein y Jacob Linck. Estos estudiosos de la antigüedad habían formado la asociación llamada Xeneion, en Roma. Fue la primera asociación internacional de arqueólogos, calificada por algunos como de ladrones de antigüedades. Aunque ninguno de ellos hizo del comercio de antigüedades el objetivo de sus actividades, el resultado de sus trabajos (en Egina o Arcadia) alentó la competencia internacional.
Calmaron sus temores pagándoles. Pero el pago fue un modo de negar a buen precio un sentimiento nacional naciente que no contaba con medios para hacer triunfar sus opiniones y al que no se intentaba educar.
Hay que señalar, sin embargo, los esfuerzos realizados en este sentido por la Sociedad de Amigos de las Musas, fundada en Atenas en 1813 y que tenía como finalidad la educación de la juventud y la protección de las antigüedades.
No obstante, de forma paralela a esos aspectos negativos de las prácticas arqueológicas de la época, comenzaron los estudios científicos sobre Grecia. El grupo de los Xenioi recorrió el país en toda su extensión, acumulando croquis y dibujos.
No obstante, la Independencia de Grecia cambia las cosas: la joven nación promulga una ley para proteger su patrimonio artístico.
Ya en la segunda mitad del siglo XIX, la nación griega vuelve a ocuparse de sus antigüedades: los griegos organizan el primer Servicio arqueológico y elaboran una legislación contra los expoliadores.
Los monumentos de Atenas, declarada capital en 1833, reciben los cuidados de todos: de los griegos, a los que esos monumentos recuerdan la gloria y la independencia pasadas, y de los alemanes, para los que son el símbolo de su nuevo poder.
La revolución dejó huellas en los edificios: la acrópolis estaba ocupada por una guarnición turca que fue desalojada por primera vez en 1822. Más tarde, durante la ofensiva turca de 1827, los griegos sufrieron un violento asedio durante el cual, cayeron sobre la fortaleza numerosísimas bombas y balas, dejando los edificios en un pésimo estado tras el abandono definitivo en 1833 de los turcos.
En medio de todas las dificultades inherentes a la creación de un Estado, los griegos tomaron medidas respecto a las antigüedades: reunidos en Trezena, en 1827, prohibieron su exportación. Hicieron falta toda la diplomacia del propio presidente Capodistria y todo el peso de Francia, en un momento en el que los griegos negociaban un préstamo, para que la asamblea aceptara que los franceses se llevarán las metopas de Olimpia, actualmente en el Louvre.
Dichas metopas fueron descubiertas por una misión científica que se unió en Morea al cuerpo expedicionario francés dirigido por el general Maision, quien había sido encargado de expulsar a los turcos del Peloponeso y que ganó fácilmente el grado de mariscal en esa misión.
Entre 1834 y 1836, Ross estuvo al frente del recién creado Servicio arqueológico, que comprendía tres circunscripciones: Grecia continental, Peloponeso y las islas, así como un museo central en el “Teseion” de Atenas. Se ocupó ante todo de las ruinas de la Acrópolis, que quedó definitivamente bajo el control del Servicio arqueológico en 1835, año en que, abierta al público, se convirtió en un nuevo destino turístico.

  1. EL ESTABLECIMIENTO DE LAS ESCUELAS EXTRANJERAS Y LA GEOGRAFÍA DE LAS EXCAVACIONES EN GRECIA.
En lo que a nuestro tema le atañe, colonialismo y romanticismo van unidos de la mano, pues todo el movimiento cultural y político que se originó en Alemania e Inglaterra allá por el siglo XVIII, no se entendería sin los movimientos colonialistas que se produjeron por todo el mundo.
Los intentos de hegemonía de unos países respecto a otros, las envidias, quién posee más colonias, quién adquiere más tesoros, expoliados o no (eso daba igual), etc., todo ello avivado por la búsqueda de nuevos mercados y materias primas, que provocó el resurgimiento del colonialismo con la repartición de África entre las grandes potencias europeas.
Con la colonización, los países europeos aumentaron su riqueza, extrajeron gran cantidad de recursos naturales y de materias primas para sus industrias, pero fueron sembrando el mundo de enemigos, o al menos, de no amigos.
Desde la expedición napoleónica a Egipto (1798) se produjo un verdadero saqueo de materiales arqueológicos de todo el Próximo Oriente y la propia Grecia, que se encauzó en su mayor parte hacia los museos de las capitales de las principales potencias europeas (Louvre, British Museum -mármoles de Elgin- y museos de Berlín -Altes Museum, Altar de Pérgamo-, Múnich -Glyptothek, Staatliche Antikensammlungen-, Viena).
La profesionalización de la romántica figura del arqueólogo (Champollion, Ippolito Rosellini, Heinrich Schliemann, Robert Koldewey, Augustus Pitt Rivers, Flinders Petrie) conllevó el establecimiento progresivo de unos procedimientos adecuados de excavación y tratamiento de la información, lo que dio origen a una arqueología sistemática, celosa de su consideración como ciencia que pretende aplicar rigurosamente un método científico; y que se encauzó institucionalmente a través de la creación de sociedades arqueológicas (desde 1829 en que Friedrich Wilhelm Eduard Gerhard crea en Roma el Instituto di corrispondenza archeologica-Institut für archäologische Korrespondenz -Instituto de correspondencia arqueológica).[]
Tales instituciones, reproducidas en el ámbito nacional en cada país, fueron el equivalente de las sociedades científicas aplicadas a la demostración competitiva de la presencia nacional en otros ámbitos, como el geográfico (a veces fueron explícitamente denominadas sociedades coloniales), [todas ellas enmarcadas en la carrera por el reparto colonial del mundo propio del imperialismo, como ya se ha vislumbrado antes.
Como ya se ha explicado, la Constitución griega prohibía la exportación de antigüedades; los alemanes se jactaban, justamente, de haber firmado con los griegos en 1875 el primer convenio de excavaciones “desinteresadas” para la concesión del yacimiento de Olimpia; todos los hallazgos se quedaban en Grecia; sólo se podían exportar los moldes.
Bismarck consideró ruinoso ese negocio y cortó los créditos en 1881. Los emperadores comprendieron, mejor que el canciller, el prestigio que a pesar de todo podía obtenerse de la arqueología, y financiaron excavaciones de su propio bolsillo: Guillermo I, las de Olimpia, y su nieto las de Corfú.
En cuanto a los franceses, en ese momento su interés les llevó abrir una sección que podía acoger a alumnos extranjeros.
Las naciones más prósperas quisieron imitar a Francia y Alemania. Los americanos crearon en 1882 sus establecimientos independientes, y los británicos en 1885. Al mismo tiempo, como se trataba de fundaciones que funcionaban básicamente con fondos privados, estaban menos ligadas a los intereses estatales. Los austriacos en 1898 y los italianos en 1909 fundaron sus propios institutos, cuyos medios no se podían comparar con los que disfrutaban franceses y alemanes.
El último tercio del siglo XIX estuvo marcado por la proliferación de escuelas extranjeras y de excavaciones. Se inició entonces una geografía de las excavaciones que prácticamente no se ha visto modificada, en lo esencial, hasta la actualidad.
Desde antes de 1914, y refiriéndose sólo a los grandes yacimientos, los franceses trabajaron en Delfos, Delos, Thasos y Argos (ciudad); los alemanes en Olimpia, el Kabirion de Tebas, Samos y el Cerámico de Atenas; los americanos en Corinto y el Heraion de Argos; los británicos en el Peloponeso (Megalópolis y Esparta), los italianos en Creta (Gortina, Ida, Festo); los austriacos fueron los primeros en Samotracia (el yacimiento fue más tarde asumido por los americanos).
A pesar de todo lo anteriormente expuesto, no sería del todo exacto creer que la arqueología griega estaba totalmente colonizada por los extranjeros. La Sociedad arqueológica estuvo animada por un hombre notable, Stéfanos Koumanoudis, secretario de 1859 a 1894, y después por el más discutido Panayotis Kavvadias, descubridor de las korés de la Acrópolis y director de las Antigüedades de 1885 a 1909.
La Sociedad dispuso hasta inicios del siglo XX de medios bastante abundantes, lo que permitió a los griegos aumentar las filas de arqueólogos profesionales y excavar numerosos yacimientos, especialmente en Atenas y Ática (Eleusis, Rhamnonte, Oropos), Epidauro y Etolia, por citar sólo los lugares en los que tuvieron lugar los hallazgos más importantes.
Dichas disponibilidades financieras permitieron abrir numerosos museos en las provincias y emprender importantes trabajos de restauración en la Acrópolis, Bassae, el León de Queronea y el túmulo de Maratón.
Estas actividades se financiaban mediante un original procedimiento. La Sociedad arqueológica había sido autorizada a emitir números para una “Lotería en favor de las antigüedades”; es fácil imaginar su éxito sí se tiene en cuenta que esa lotería fue la única en todo el territorio griego entre 1887 y 1904.
Más tarde hubo que compartir los sorteos y los beneficios con la marina de guerra, lo que entrañó un descenso de los ingresos. Además, la revolución de 1909 provocó trastornos que agotaron las finanzas de la Sociedad.


  1. LA ARQUEOLOGÍA HOMÉRICA: EL DESCUBRIMIENTO DE MICENAS, TIRINTO Y TROYA Y SU TRASCENDENCIA EN EL CONOCIMIENTO DE LA HISTORIA DE GRECIA CLÁSICA.


6.0. Micenas
La civilización micénica es una civilización prehelénica del Heládico reciente, a finales de la Edad del Bronce. Obtiene su nombre de la villa de Micenas, situada en el Peloponeso.
Micenas estaba localizada desde la Antigüedad. Pausanias en su libro de viajes sobre Grecia  (entre el 155-75 d. C.) ya la mencionaba como ruinas monumentales y animaba a los viajeros de entonces a visitarla. Así pues, Micenas nunca estuvo del todo sepultada como ocurrió con Troya. Como se puede ver en los cuadros románticos sobresalía su muralla ciclópea e incluso el relieve de la famosa puerta de los Leones. También estaba a la vista, el conocido Tesoro de Atreo.
E n 1876 empezó las excavaciones con el libro de Pausanias en la mano. Según el escritor griego las tumbas de de Agamenón y de sus fieles se encontraban dentro de la murallas y las de los traidores Clitemnestra y Egisto fuera. Así que con esas pocas indicaciones empezó a excavar en el interior del recinto fortificado junto a la puerta monumental e inmediatamente encontró lápidas esculpidas (estelas).
Heinrich Schliemann creyó haber encontrado el mundo descrito por las epopeyas de Homero, la Ilíada y la Odisea. En una tumba micénica descubre una máscara que denomina “máscara de Agamenón”. Igualmente se bautiza como “palacio de Néstor” un palacio excavado en Pilos.
Así pues, en breve tiempo desenterró un espacio circular rodeado por una doble hilera de losas verticales donde encontró una serie de tumbas, el Circulo A. Los esqueletos encontrados yacían con sus ajuares: máscaras de oro tapaban los rostros de los hombres y diademas del mismo metal se ceñían a las sienes de las mujeres. Schliemann en compañía de su esposa registraron cuidadosamente miles de objetos contenidos en esas tumbas que la arqueología posterior probó pertenecían al siglo XVI a. C.
Schliemann reveló al mundo erudito y al gran público los tesoros extraordinarios de una civilización hasta entonces desconocida: máscaras funerarias de oro, tazas de oro y bronce, diademas, puñales damasquinados y piedras tumbales con los relieves esculpidos más antiguos. Todo fue rápidamente expuesto y publicado en alemán y en inglés.
Con anterioridad a la excavación del círculo de tumbas, Schliemann y su mujer habían llevado a cabo algunas investigaciones en torno a ciertas construcciones subterráneas en forma de tholos que se hallaban ladera abajo de la ciudad y que según una tradición muy extendida habían servido para que los soberanos guardaran en ellas sus tesoros.
Una de tales construcciones, la conocida como de Clitemnestra (la legendaria esposa de Agamenón), había sido saqueada en los primeros años del siglo XIX por el gobernador turco, quien para introducirse en ella, había derrumbado zafiamente la falsa cúpula. Los trabajos fueron dirigidos personalmente por la mujer de Schliemann para acceder a su fachada.
Habrá que esperar a los estudios de Arthur Evans, a comienzos del siglo XX, para que el mundo micénico adquiera una autonomía propia con respecto a la civilización minoica, que la precede cronológicamente.


6.1. Tirinto


S chliemann empezó las excavaciones de Tirinto en 1884 y allí confundió los muros de ladrillo del palacio micénico como una obra reciente, y los habría destruido de no ser por los consejos de Wilhelm Dörpfeld, primer secretario del Instituto alemán de Atenas, con quien colaboraba desde 1882; esta circunstancia ha llevado a afirmar algunos que el mayor descubrimiento de Schiliemann fue Dörpfeld.
Las murallas del castillo de Tirinto estaban al descubierto; un incendio había calcinado las piedras y las capas de argamasa que las unían se habían convertido en verdaderas tejas; los arqueólogos creían que estas murallas eran restos de una fortaleza de la Edad Media, y los guías griegos afirmaban que en Tirinto no había nada extraordinario.  
Tirinto, o Tirinte, es un emplazamiento arqueológico micénico en el nomos griego de la Argólida en la península del Peloponeso, algunos kilómetros al norte de Nauplia. Tirinto fue una fortaleza sobre una colina que fue ocupada hace más de siete mil años, desde el comienzo de la Edad del Bronce.
Alcanzó su cénit entre el 1400 a. C. y el 1200 a. C. Sus elementos más notables fueron su palacio, sus túneles o pasadizos y dos anillos de murallas ciclópeas, sobre todo estas últimas, puesto que le otorgaron a la ciudad el epíteto homérico de Tirinto, la de grandes murallas. El palacio de Tirinto (finales del siglo XIII a. C.) estaba defendido no sólo por su doble muralla sino que también estaba dispuesto para que se tuviese que transitar por una serie de patios cerrados y atravesar dos puertas en forma de H (propileas) antes de alcanzar el pórtico de entrada al megaron, “Gran Salón” que se encontraba en los palacios de la civilización micénica.
El famoso megaron del palacio de Tirinto tiene un amplio vestíbulo, habitación principal en la que estuvo el trono frente a la pared de la derecha y una chimenea central rodeada de cuatro columnas de madera de estilo minoico que servían de soporte para el techo. En la Antigüedad, la ciudad se relacionó con la mitología en torno a Hércules. Algunas fuentes sitúan aquí su nacimiento. El lugar llegó a su declive con el fin del período micénico, y quedó totalmente olvidado con el paso del tiempo. Pausanias lo visitó en el siglo II a. C.
Sus murallas ciclópeas eran consideradas en la Antigüedad como una obra portentosa. Pausanias decía que eran análogas a las pirámides egipcias. Se afirmaba que Preto, el legendario rey de Tirinto, había hecho venir a siete cíclopes para que las edificaran, y que luego fueron imitadas también en otros lugares, especialmente en Micenas, por lo cual Eurípides llamaba a toda la Argólida “tierra de cíclopes”.


6.3. Troya
Los estudiosos del s. XIX situaban por error los restos de Troya bajo el pequeño pueblo de Bunarbashi, a tres horas de la costa. La descripción del país que hace Homero parecía una precisa topografía militar.
Según los cantos segundo al séptimo de la Ilíada, que describen el primer día de combate, los aqueos hubieran tenido que recorrer 84 kilómetros en sólo nueve horas de combate. En los versos que cuentan su terrible lucha contra Aquiles, se describe cómo Héctor da la vuelta por tres veces a la fortaleza de Príamo.
Los alrededores de Bunarbashi tienen una pendiente demasiado pronunciada como para que fuese posible. Las excavaciones en este lugar no descubrieron restos de las ciclópeas murallas que encerraban las 62 estancias del castillo de Príamo. Tampoco se encontraron cantidades apreciables del revelador indicio que constituyen los trozos de cerámica.
Micenas y Tirinto han sido destruidas hace 2.335 años, y a pesar de ello las ruinas que se han encontrado son de tal índole que seguramente aún durarán unos 10.000 años”. (Schliemann, 1868)
Pero a sus 44 años, con el dinero que logró amasar durante su vida, con la Ilíada y la Odisea en la mano, y su extraordinaria facilidad para los idiomas, Heinrich Schliemann se embarcó en la búsqueda de la ciudad de sus sueños, la legendaria ciudad de Troya.
Decidió marchar a Grecia, en donde conoció a una mujer griega de nombre Sofía, con quien compartía su interés en las civilizaciones del pasado y quien le ayudaría en sus expediciones, acompañándolo en la gloria de descubrir las ruinas de la ciudad de Troya.
Estos buscados restos se presentaron a la vista de Schliemann entre las ruinas de Nueva Ilión (1870-1873), pueblo ahora llamado Hissarlik, que significa palacio, situado a dos horas de distancia de la costa. Por dos veces, Schiliemann se quedó admirando la cima de aquella colina que presentaba el aspecto de una meseta cuadrangular y llana, de 233 metros de lado. Entonces sí quedó convencido de haber hallado Troya. Fue reuniendo pruebas. Y descubrió que no era sólo él quien tenía tal convicción, aunque la compartían muy pocos.
[ ...] así, puedo añadir que apenas pisa uno la llanura de Troya, queda asombrado al punto por la vista de la hermosa colina de Hissarlik, que por su naturaleza estaría predestinada a sostener una gran ciudad con su ciudadela. En efecto, esta posición hallándose bien fortificada, dominaría toda la llanura de Troya y en todo el paisaje no hay ni un solo punto que se pueda comparar con éste. Desde Hissarlik se ve también el monte Ida, desde cuya cima Júpiter dominaba la ciudad de Troya. (Schliemann)
En lo alto de la ciudad se había erguido el templo de Atenea; Poseidón y Apolo habían construido la muralla de Pérgamo. Así decía Homero. Por consiguiente, en medio de la colina debía levantarse el templo, y a su alrededor, con sus cimientos bien clavados en tierra, la muralla de los dioses.
Empezó a excavar en la colina y halló resistencia de muros que le parecían insignificantes; y en efecto, venció tal resistencia derribándolos. Halló armas, utensilios domésticos, joyas y vasos, testimonio irrefutable de que allí había existido una rica ciudad; pero hallaría aún otra cosa que por primera vez haría correr el nombre de Heinrich Schliemann por el mundo entero.
Bajo las ruinas de la Nueva Ilión halló otras ruinas, y debajo de éstas, otras más, pues aquella mágica colina parecía una inmensa cebolla cuyas capas habría que ir deshojando una tras otra. Y cada una de estas capas parecía haber sido habitada en épocas distintas; en ellas vivieron pueblos que luego habían desaparecido; allí se habían construido ciudades y se habían derrumbado, habían dominado la espada y el incendio, pero una civilización había sucedido a otra, y cada vez se había vuelto a elevar una nueva ciudad de seres vivos sobre la antigua ciudad de los muertos. Cada día traía una nueva sorpresa.
Schliemann había ido para hallar la Troya homérica; pero en el curso de los años, él y sus colaboradores hallaron siete ciudades sepultadas, y más tarde, otras dos.
Sus colaboradores destruyeron algunos restos de las capas centrales a causa de sus prisas por alcanzar los estratos más antiguos, ya que eran considerados como los más importantes porque allí se encontrarían las grandes riquezas del antiguo mundo troyano. En algunas fases de las excavaciones fue acompañado por su esposa, que solía clasificar los fragmentos de cerámica y otros restos arqueológicos que eran hallados.
Estaba claro que la capa más profunda era la prehistórica, la más antigua, tan antigua que sus habitantes aún no conocían el empleo del metal, y que la capa más a flor de tierra tenía que ser la más reciente, guardando los restos de la Nueva Ilión, donde Jerjes y Alejandro habían sacrificado a los dioses. (C.W.Ceram).
Existieron numerosas dificultades durante las excavaciones, algunas de ellas derivadas de que nunca hasta entonces se había realizado una excavación de tal envergadura y las producidas por el clima del lugar, que favorecía enfermedades como la malaria.
También traducido como “lugar de fortalezas”, a unos 6,5 Km. del mar Egeo y equidistante de los Dardanelos, en el montículo de Hissarlik, se determinaron los siguientes asentamientos:
  • Troya I, primer asentamiento con una muralla construida con piedras pequeñas y pizarra, fechado hacia el 3000 a.C.
  • Troya II, fortaleza prehistórica, con fuertes terraplenes de defensa, un palacio y casas, que databa del siglo III a.C.
  • Troya III, IV y V, villas prehistóricas construidas sucesivamente sobre las ruinas de Troya II durante el periodo transcurrido entre el 2300 y el 2000 a.C.; Troya VI, una fortaleza, que abarcaba una zona más amplia que cualquier asentamiento precedente, con grandes murallas, torres, puertas y casas que databa del 1900 al 1300 a.C.
  • Troya VII a, reconstrucción de Troya VI, construida después de que la ciudad fuera destruida por un terremoto.
  • Troya VII b y VIII, villas griegas, casas sencillas de piedra, fechada desde el 1100 a.C. hasta el siglo I a.C. aproximadamente.
  • Troya IX, la acrópolis de la ciudad grecorromana de Ilión, o Nueva Ilión, con un templo dedicado a Atenea, edificios públicos y un gran teatro, y que existió desde el siglo I a.C. hasta aproximadamente el 500 d.C.
Schliemann distinguió entre varios estratos correspondientes a distintas fases de ocupación de Troya. Inicialmente creyó que el correspondiente a Troya II era la Troya cantada en la Ilíada.
En 1873 descubrió una colección de objetos y joyas de oro que llamó Tesoro de Príamo, el cuál estaba mencionado en la Ilíada, su mujer Sofía, que participaba con él en la excavaciones se fotografió con los adornos de oro y plata dando lugar a una más que célebre imagen.
Lo hizo trasladar ilegalmente a Grecia y por ello, en 1874, fue acusado de robo de bienes nacionales por el Imperio otomano y luego condenado a pagar una multa. Para volver a tener la posibilidad de que las autoridades turcas le permitieran volver a excavar en el futuro, pagó una indemnización mayor y donó algunos hallazgos al museo de Constantinopla.
Schliemann volvió durante tres campañas a Troya. En ellas, su colaborador más valioso fue Wilhelm Dörpfeld. Por los hallazgos de cerámica en estas campañas, Schliemann admitió su error en su creencia inicial de que el estrato de Troya II era el correspondiente a la ciudad homérica, y en cambio ésta debía identificarse con Troya VI.
Uno de los hallazgos más llamativos de la última campaña fue el denominado tesoro L, que constaba de cuatro hachas ceremoniales que trasladó también ilegalmente a Grecia.


  1. BIBLIOGRAFÍA

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