EL
REDESCUBRIMIENTO DE GRECIA
(SIGLOS
XVII-XIX).
JOSÉ
MANUEL CERVERA ENTRENA
I.E.S.
Arroyo de la Miel, Arroyo de la Miel (Málaga)
cerveralatino@hotmail.com
Resumen
Con
este trabajo quisiera mostrar una importante labor que tuvieron los
viajeros y eruditos de los siglos XVII-XIX para rescatar, conservar y
hacer perdurable la cultura que hoy amamos y enseñamos en nuestras
aulas. En este punto, me centro en lugares tan importantes con Atenas
o Mecenas y en figurar de vital importancia como H. Schliemann.
Palabras clave
Arqueología,
Grecia, Atenas,
expolio, Micenas, H. Schliemann
ÍNDICE
- OBJETIVOS Y METODOLOGÍA
- 1.0. Objetivos
- 1.1. Metodología
- INTRODUCCIÓN
- 2.0. El concepto de arqueología
- 2.1. Historia de la arqueología
- LA APERTURA HACIA ORIENTE: VIAJEROS, ERUDITOS Y MISIONEROS EN GRECIA EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII.
- EL EXPOLIO DE MATERIALES EN ATENAS Y EGINA Y LA REACCIÓN GRIEGA.
- 4.0. Bases teóricas del expolio
- 4.1. Atenas
- 4.2. Egina
- 4.3. Reacción griega al expolio de materiales
- EL ESTABLECIMIENTO DE LAS ESCUELAS EXTRANJERAS Y LA GEOGRAFÍA DE LAS EXCAVACIONES EN GRECIA.
- LA ARQUEOLOGÍA HOMÉRICA: EL DESCUBRIMIENTO DE MICENAS, TIRINTO Y TROYA Y SU TRASCENDENCIA EN EL CONOCIMIENTO DE LA HISTORIA DE GRECIA CLÁSICA.
6.0.
Micenas
6.1. Tirinto
6.2. Troya
- BIBLIOGRAFÍA
- OBJETIVOS Y METODOLOGÍA
1.0.
Objetivos
- D
ominar
un porcentaje elevado de términos relativos a la arqueología, así
como su historia y desarrollo. - Reconocer las figuras más importantes en la historia de la arqueología y, en concreto, en el periodo que nos ocupa en este trabajo.
- Estudiar el redescubrimiento de Grecia a partir del siglo XVII.
- Conocer los trabajos de H. Schliemann, a quien se debe el primer contacto material con la arqueología de la Grecia homérica y del Egeo.
- Advertir la importancia que ha tenido para el conocimiento de la Antigüedad clásica las labores arqueológicas que se llevaron a cabo entre los siglos XVII y XIX.
- Pervivencia en la tradición cultural.
1.1.
Metodología
Me voy a centrar, y siempre de manera diacrónica, en el
redescubrimiento de Grecia a partir del siglo XVII, cuando el
debilitamiento del poder otomano permitió que gradualmente las
potencias occidentales fueran estableciendo un contacto más directo
con el territorio griego llegando incluso a expoliar sus bienes para
completar las grandes colecciones nacionales.
En este punto haré hincapié en conceptos básicos en este tema como
son los viajeros, los eruditos y los misioneros, y la importancia que
tuvieron para el descubrimiento de restos arqueológicos y, sobre
todo, para el nuevo enfoque que se le dieron.
Por último, se incidirá especialmente en la figura y los trabajos
de H. Schliemann, a quien se debe el primer contacto material con la
arqueología de la Grecia homérica y del Egeo, centrándome en la
arqueología homérica: el descubrimiento de Micenas, Tirinto y Troya
y su trascendencia en el conocimiento de la historia de Grecia
clásica.
- INTRODUCCIÓN
2.0.
El concepto de arqueología
En primer lugar hay que comenzar aclarando el concepto de
arqueología, tratando de aportar cuantas más visiones mejor, pues
la arqueología se designa a sí misma como ciencia, pero no ha
recibido esta denominación desde un principio y el debate sobre su
relación con la historia o la filología aún no ha concluido.
La arqueología, como “ciencia del pasado”, se define por su
objeto, sus principios teóricos, sus métodos y resultados. Se
aplica a cualquier obra humana en la misma medida que la filología,
según la definición de Ernest Renan como “ciencia del hombre”
que consiste en la “experimentación universal de la vida humana y,
por consiguiente, en el estudio de todos los productos de su
actividad1”.
“La arqueología estudia el pasado desde el presente, pero el
arqueólogo no debe olvidar que el presente está marcado y
condicionado por las investigaciones precedentes, y que el
conocimiento arqueológico de hoy constituirá una de las muchas
arqueologías pasadas en una o dos décadas”2.
“El estudio del arte antiguo es, en realidad, un tejido compuesto
por tres hilos distintos: el conocimiento de las fuentes escritas, el
conocimiento de los materiales encontrados en las excavaciones, el
criterio metodológico seguido para llegar a correctas conclusiones
históricas partiendo de esas nociones”3.
- 2.1. Historia de la arqueología
La arqueología ha aportado un amplio número de
datos para estudiar la historia. Se ha convertido en una fuente
imprescindible para el estudio de la Antigüedad y única para
conocer las sociedades y culturas prehistóricas, lo que ha ampliado
nuestro conocimiento del pasado.
El propio Tucídides, como según comenta él
mismo, llevó a cabo algunas pequeñas excavaciones con el fin de
documentar su historia. Santa Helena buscó, de igual modo, la
verdadera conoce y los clavos de Cristo en Jerusalén. Emilio Paulo,
tras conquistar Grecia, recogido abundantes obras de arte, que
coleccionó en su casa. Y Augusto tenía una amplia colección de
monedas. Es el primer síntoma por tener constancia material del
pasado.
Y de hecho, la arqueología nació como
coleccionismo
y anticuarismo
de obras de arte, algo que fue muy usual en el Renacimiento. Se
defendía la vuelta al mundo clásico, recuperando no sólo las ideas
sino también su cultura material. Todos aquellos artefactos,
antiguos y singulares, fueron coleccionados por familias
aristocráticas y reyes, aunque sin realizar estudios o
clasificaciones de estos.
Hasta prácticamente el siglo XX, el coleccionismo de antigüedades
de todas las épocas fue usual. Se hizo también normal la visita de
aquellos lugares con magnas construcciones del pasado, realizándose
cuadros y grabados.
Pero fue en el siglo XVIII el momento en que la
arqueología empieza a dar sus primeros pasos. El ansia de
coleccionismo había crecido, y es evidente que la única forma de
aumentar éstas eran mediante la búsqueda de aquellos lugares donde
pudiera haber dichos objetos.
A mediados del siglo XIX la Arqueología empieza a tomar cuerpo
constituyéndose ya en ciencia, es decir, usando un método
científico.
La Arqueología, como ciencia naciente, se basó
en otras ciencias, como la recién creada Geología, especialmente a
partir de dos de sus obras: la de James Hutton, Teoría
de la tierra (1785) y Principios
de Geología (1833), de Charles Lyell.
Ambos estudiaron los procesos de estratificación, lo que se
convertiría en la principal arma del arqueólogo.
El otro gran punto de apoyo era el tipológico, y
nacía por esta misma época. El estudioso danés C. J. Thomsen dio
la Teoría de las tres edades
en 1836. A partir de colecciones de objetos singulares depositados en
el museo nacional de Copenhague, observó que éstos se podían
dividir en edad de Piedra, edad del Bronce y edad del Hierro, por el
material con el que estaban hechos. Era el comienzo de la
tipificación y de la periodista ción de lo que se llamaría
Prehistoria.
Por aquellas mismas fechas, desde el culto de vista de la biología,
Charles Darwin encontró evidencias también de animales y plantas ya
extinguidos. De ahí dedujo que el mundo había sufrido una
evolución, y que los animales ahora conocidos provenían de esos
otros, al observar que compartían rasgos.
En 1859 daba a conocer El
origen de las especies, que desmontaba
la creencia bíblica de la creación divina. A Darwin debemos
agradecer las ideas de la selección natural o supervivencia de los
más aptos. Pero más impactante fue su segunda gran obra, El
origen del hombre, publicada en 1871.
En esta obra, tras explicar el proceso de evolución del hombre
similar al del resto de especies, se cuestionaba cómo había
evolucionado el hombre y cuál era su antigüedad. Estas cuestiones
únicamente podían ser resueltas por la Arqueología, que se empezó
a apoyar ya en la etnografía.
Centrándonos ya en personalidades importantes en
la historias de la arqueología, y más en concreto, de la
arqueología que se desarrolló en Grecia, Jacob Spon ocupa un lugar
privilegiado entre los estudiosos que contribuyeron al nacimiento de
la arqueología, pues él fue el primero en utilizar este término en
el prefacio su obra epigráfica Miscellanae
eruditae antiquitatis.
Consideraba que la aportación de la filología clásica no era
suficiente para el progreso de las ciencias históricas, y que había
que dirigirse a otras fuentes, como las inscripciones y los
monumentos.
La explotación sistemática de las inscripciones y la comparación
incesante entre los textos y los datos observados sobre el terreno
constituían las normas del método crítico según Spon, método que
aplicó en el curso del viaje que emprendió, sin ninguna misión
oficial, para satisfacer su gusto por las antigüedades, y que lo
llevó a Grecia, Italia y Asia Menor en compañía del botánico
inglés George Wheler.
E
n
1676, acompañado por Wheler, Spon dirigió en Atenas la primera gran
exploración arqueológica. La ciudad del siglo XVII ya no era la que
había visto Pausanias. El terreno estaba cubierto de viviendas,
iglesias bizantinas, mezquitas... y también de ruinas.
n
1676, acompañado por Wheler, Spon dirigió en Atenas la primera gran
exploración arqueológica. La ciudad del siglo XVII ya no era la que
había visto Pausanias. El terreno estaba cubierto de viviendas,
iglesias bizantinas, mezquitas... y también de ruinas.
En la Acrópolis proliferaban entre los monumentos
las construcciones para alojamiento de los soldados. La investigación
en ese suelo sin despejar era casi imposible, y a ello había que
añadir la vigilancia de la guarnición y la hostilidad de la
población. Y sin embargo, los monumentos eran entonces más
numerosos y estaban mejor conservados que ahora. No había sufrido
demasiado durante la ocupación otomana. Los grandiosos recuerdos
relacionados con la historia de la ciudad la protegían sin duda a
los ojos de las autoridades; estaba prohibido tocar las esculturas
del “templo de los ídolos”, como los musulmanes designaban al
Partenón.
Spon fue uno de los últimos europeos que vio y
describió el Partenón aún intacto. El 26 de septiembre de 1687,
durante el asedio de Atenas por los venecianos, cayó una bomba sobre
el templo, donde los turcos habían almacenado municiones, y lo
redujo a ruinas.
Los arquitectos en busca de nuevas referencias
abrieron el camino a los estudios de arqueología. El impulso llegó
desde Italia, pues el descubrimiento de Herculano en 1738 y el de
Pompeya en 1748, y las excavaciones que se realizaron allí,
renovaron el conocimiento de la Antigüedad.
Estudiosos y artistas entraron en contacto directo
con una civilización profundamente influida por la Grecia clásica
y helenística: copias de originales griegos en escultura, frescos
inspirados en la pintura griega de caballete…
En ese momento, el campo de las investigaciones se extendió a
Grecia. Los primeros en acudir allí fueron dos ingleses, James
Stuart, y un arquitecto, Nicholas Revett, que se habían conocido en
Roma.
Ambos se interesaban por la arqueología y
elaboraron proyectos para reconocer, medir y dibujar las antigüedades
de Atenas. La sociedad londinense de los Dilettani
subvencionó su empresa y les encargó que reunieran modelos de
ornamentación destinados a los arquitectos ingleses.
Otros dos hombres sirvieron de manera brillante a la formación de
una ciencia arqueológica moderna: conde Caylus y Johan Winckelmann.
Cada uno a su manera, ambos orientaron la búsqueda de antigüedades
hacia el estudio del arte.
Caylus propuso mirar los monumentos como prueba y
expresión del gusto que dominaba en un siglo y en un país,
aplicando este método en su “Recopilación
de antigüedades egipcias, etruscas, griegas y galas”,
obra situada en una tendencia moderna.
Mención aparte merece Johann Winckelmann,
revolucionario e inventor de la historia del arte griego desde su
primera obra, “Reflexiones sobre la
imitación de los griegos en la escultura y en la pintura”.
En la “Historia del
arte en la antigüedad”, su obra
maestra, Winckelmann formuló la idea de evolución del arte “que
nace, florece y perece con las civilizaciones en cuyo seno se
desarrolla”, intentando clasifica del arte griego basándose en la
noción de estilo.
A partir de aquí, tal y como se recoge en “El
nacimiento de la arqueología moderna, 1798-1945”
de Ève Gran-Aymerich, cobró especial importancia el estudio de la
cerámica, cuyos criterios fueron establecidos en primer lugar por
Eduard Gerhard y Otto Jahn, es el núcleo de los trabajos de A.
Dumont y sus discípulos, pioneros en el estudio minucioso de gran
número de objetos y clasificación en series tipológicas y
cronológicas orientadas a la creación de catálogos.
A. Dumont tiene el proyecto de realizar una obra
capital en la que tratará de establecer la procedencia de las
cerámicas de Grecia, “Les pintures
céramiques de la Grèce propre”.
De hecho, hasta ahí el inicio del arte griego se
fechaba en el siglo VII a. C. En función de los ejemplos de cerámica
orientalizante o corintia, considerada como la más antigua. A partir
de 1862 los especialistas se remontan constantemente a los orígenes
de la cerámica en Grecia. La cerámica micénica es estudiada por A.
Dumont, a partir de las vasijas de Santorini.
A la luz de todos los descubrimientos realizados
desde que concibió su obra “Les
pintures céramiques de la Grèce propre”,
Dumont se centra sobre todo en la cuestión de los orígenes del arte
griego y de sus lazos con Oriente. Se trata de verificar y completar
las tradiciones y testimonio escritos mediante el examen de los
objetos y especialmente de las vasijas que constituían fósiles
directores cronológicos.
Los trabajos de esta época logran franquear una etapa decisiva en el
estudio de las vasijas griegas. Mientras que los trabajos más
antiguos presentaban una clasificación establecida sobre el análisis
de imágenes y su distribución según los temas mitológicos, los
catálogos elaborados a partir de 1870 se basan en el examen de los
procedimientos de fabricación de las vasijas en función del estudio
de sus formas y ornamentos: el objeto ya no se consideraba sólo como
el marco de un cuadro, sino como un todo.
Posteriormente, Maxime Collignon, también de la
Escuela de Atenas, aprovechando los criterios establecidos por A.
Dumont, sigue su camino en los estudios cerámicos y realiza
“Catalogue des vases peints de la
Sociéte archéologique d' Athènes”,
obra de pura arqueología figurada: el propio Collignon dibuja las
vasijas típicas, que aparecen agrupadas en series geográficas y
cronológicas basadas en el examen de formas y estilos restablecidos
en su evolución.
En 1886, antes de los extraordinarios
descubrimientos de H. Schliemann en Troya y Micenas, A. Dumont se
había interesado por los vestigios de la prehistoria en Grecia. Las
cerámicas de Acrotiri-Santorini, descubiertas por H. Gorceix y H.
Hamet, las excavaciones de A. Salzmann y É. Bibliotti en las
necrópolis de Camiros y Yalisos en Rodas, las de L. P. di Cesnola en
Chipre y,, por último las de H. Schliemann, modificaron por completo
las perspectivas de estudio de las vasijas griegas.
En este punto, me gustaría destacar el libro de
Glyn Daniel “Historia de la
arqueología. De los anticuarios a V. Gordon Childe”
donde elabora un análisis histórico y documentado, donde podría
decirse que el libro es una antología de los documentos históricos
relativos al origen, evolución y organización de la arqueología
como ciencia independiente.
Da las líneas de investigación arqueológica:
una obra clásica emparentada fundamentalmente con la historia del
arte y que arranca de los trabajos de Johan Winckelman y otra, más
rigurosa.
E
ste
trabajo de Glyn Daniel nos ofrece una exposición pormenorizada y
sistemática de los consecutivos tramos en el estudio de los
testimonios del paso del hombre sobre la Tierra, desde la perspectiva
de la constitución de una disciplina, la arqueología, especializada
en el estudio, ajustado a un método, de unos restos cuya
significación se esclarece al vincular su investigación con la de
los datos y testimonios aportados por la geología, la antropología
y, entre otras, la ciencia histórica propiamente dicha.
ste
trabajo de Glyn Daniel nos ofrece una exposición pormenorizada y
sistemática de los consecutivos tramos en el estudio de los
testimonios del paso del hombre sobre la Tierra, desde la perspectiva
de la constitución de una disciplina, la arqueología, especializada
en el estudio, ajustado a un método, de unos restos cuya
significación se esclarece al vincular su investigación con la de
los datos y testimonios aportados por la geología, la antropología
y, entre otras, la ciencia histórica propiamente dicha.
En términos generales, el
libro aporta una serie de testimonios a través de los cuales
asistimos a la evolución de una ciencia que tras una etapa de
tanteos, aproximaciones e interpretaciones localistas, personales y a
veces extrañas a su propia y específica área de intereses,
alcanza finalmente la madurez el utilizar el Carbono 14 para la
consecución de una cronología absoluta con la que, disipando las
dudas y confusiones planteadas por la cronología relativa basada en
el sistema de las Tres Edades, establece un cuadro de nítidas
referencias y vinculaciones.
Figura protagonista de esa
última etapa fue Vere Gordon Childe, un arqueólogo extraordinario,
con una capacidad de trabajo y de síntesis sin paralelo hasta
nuestros días, autor de obras como “Los comienzos
de la civilización europea”,
“Lo que sucedió en la Historia”
y “La evolución social”,
verdaderamente clásicas en la materia y provechosas para todo aquel
que se interese en ella.
1: ÉVE GRAN-AYMERICH: El
nacimiento de la arqueología moderna, 1798-1945 (2001:19)
2: GLYN DANIEL: Historia
de la arqueología de los anticuarios a V. Gordon Childe
(1974, Prefacio)
3: RANUCCIO BIANCHI
BANDINELLI: Introducción
a la arqueología clásica como historia del arte antiguo
(1982:103)
- LA APERTURA HACIA ORIENTE: VIAJEROS, ERUDITOS Y MISIONEROS EN GRECIA EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII.
Después de la división del Imperio romano en 395, Grecia se
convirtió en una provincia del Imperio de Oriente o Imperio
Bizantino, y el centro de gravedad de la vida griega se desplazó de
Atenas a Constantinopla.
Empezó entonces un periodo tumultuoso para Grecia, marcado por las
invasiones de los pueblos eslavos, del siglo VI al IX, que se
instalaron en Macedonia y Tracia y se helenizaron parcial y
progresivamente.
La toma de Constantinopla por los cruzados en 1204
puso a Grecia bajo la dominación de los señoríos feudales de
Occidente, designados con el nombre genérico de “francos”.
Este acontecimiento marcó el inicio de una larga
fase de seis siglos durante la cual los griegos cayeron bajo la
autoridad de gobernantes extranjeros a los que opusieron una
incansable y heroica resistencia.
A pesar de todo, la Edad Media no olvidó del todo
la antigüedad griega, pero a lo largo de los siglos la comprendió
cada vez menos por razones religiosas y culturales. El espíritu
medieval estaba dominado por la fe, y la ideología cristiana se
oponía por definición a la cultura helénica, convertida en
sinónimo del paganismo.
Este hecho culminó con el cierre de las escuelas filosóficas por
Justiniano en el siglo VI, marcando así el triunfo del cristianismo
y la ruptura con el pasado antiguo, así como la transformación de
los templos en iglesias.
Pero a principios del siglo XIV, y rompiendo con siglos de silencio,
dos personajes jugaron el papel de pioneros en el redescubrimiento de
Grecia: Cristóbal Buendelmonti y Ciriaco de Ancona.
Ambos eran italianos y formaban parte del movimiento humanista que se
extendía por Italia. Pero mientras el humanismo se interesaba casi
exclusivamente por los textos de los autores antiguos y la búsqueda
de nuevos manuscritos, lo que caracteriza a estos dos viajeros es su
curiosidad por el territorio y el deseo de describir fielmente lo que
han visto.
B
uendelmonti
visitó las islas del Egeo como geógrafo y como hombre de letras.
En cambio, la obra de Ciriaco fue más amplia y diversa y este
infatigable viajero es precisamente considerado el fundador de la
arqueología.
uendelmonti
visitó las islas del Egeo como geógrafo y como hombre de letras.
En cambio, la obra de Ciriaco fue más amplia y diversa y este
infatigable viajero es precisamente considerado el fundador de la
arqueología.
Sus primeros viajes como comerciante despertaron
su curiosidad por los monumentos del pasado que encontraba, llegando
a la convicción, original por entonces, de que “los
monumentos y las inscripciones son testimonios más fieles de la
Antigüedad clásica que los textos de los autores antiguos”.
Decidió aplicar ese principio y recopiló en un
libro todos testimonios de la Antigüedad que encontró en sus viajes
como mercader, pues nunca abandonó los negocios comerciales, aunque
ya eran preparados científicamente, ayudándose de mapas, portulanos
y un cierto número de obras como guía.
Fue el primero en conceder un papel primordial a los vestigios
materiales para reconstruir una civilización, y en tener conciencia
de su importancia histórica. Hicieron falta muchos siglos para que
se impusiera esa evidencia.
Por otro lado, tras la caída de Constantinopla en
1453, y de la conquista de los territorios helénicos por parte de
los turcos, se produjo un clima de continuas guerras, temor a
represalias, desconfianza de los turcos dispuestos a acusar a
cualquier curioso de espionaje, y finalmente, un ambiente peligroso
derivado de la piratería, lo cual hizo que escasearan los viajeros.
Sin embargo, nuevas circunstancias políticas hicieron que el Levante
resultara más accesible a los occidentales. La firma de las
Capitulaciones y el establecimiento de misiones católicas,
principalmente de jesuitas y capuchinos, favorecieron los contactos
con los países helénicos.
En el siglo XVI Grecia no era un objeto de viaje en sí mismo: se la
visitaba de paso hacia Jerusalén y Constantinopla.
Así pues, había numerosos peregrinos, mercaderes y, como novedad,
miembros de las misiones diplomáticas. Los nuevos viajeros eran más
numerosos y también más cultos. Tenían en común un nuevo
espíritu, caracterizado por la curiosidad de ver cosas nuevas y el
interés por los hechos geográficos y por la historia de la
Antigüedad.
En resumen, formaban parte de la corriente de pensamiento humanista,
que ya se extendía fuera de Italia y que se había visto reforzado
por el éxodo de intelectuales bizantinos hacia los países
occidentales, después de la conquista turca.
Entre todos estos viajeros, algunos eran auténticos eruditos como el
naturalista y médico Pierre Belon, que en 1456 fue a estudiar las
plantas, animales y minerales del archipiélago; el monje geógrafo
André Thevet, que de vuelta de una peregrinación a Tierra Santa se
detuvo en algunas islas y mencionó Delos.
El coleccionismo no sólo fue un signo de prestigio para los grandes
y para los eruditos acaudalados, sino también el indicador de un
interés más objetivo por los vestigios del pasado, considerados ya
únicamente bajo el ángulo de la curiosidad, sino también como
material científico.
Ya en el siglo XVI existían importantes colecciones de antigüedades
en Italia. Y en los albores del siglo XVII, el pionero en Inglaterra
en este terreno fue del conde de Arundel, un diplomático apasionado
por el arte, concibió el proyecto de ir a buscar a Grecia esculturas
e inscripciones. Arundel fue imitado tanto por el rey Carlos I como
por el duque de Buckingham.
Hubo que esperar al siglo XVII para que se inaugurara la era de los
grandes viajes a Grecia, frecuentemente organizados por
coleccionistas. El gusto por las colecciones, el deseo de poseer
objetos raros o preciosos, se propagó a partir de Francisco I de
Francia.
En el último tercio del siglo XVII se inició un
movimiento de investigación en el que los franceses ocuparon el
primer puesto.
E
ntre
los numerosos trabajos de gran valor documental, de los que los
dibujos del Partenón son los más importantes, es obligado citar el
plano de Atenas llamado plano de los
Capuchinos (1670), la relación del
padre Babin (1672) -un jesuita misionero en Grecia y cuya descripción
que dio de Atenas coincide bastante con el plano de los capuchinos- y
la del cónsul Giraud (1675), primero en atribuir a Fidias las
esculturas del Partenón.
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los numerosos trabajos de gran valor documental, de los que los
dibujos del Partenón son los más importantes, es obligado citar el
plano de Atenas llamado plano de los
Capuchinos (1670), la relación del
padre Babin (1672) -un jesuita misionero en Grecia y cuya descripción
que dio de Atenas coincide bastante con el plano de los capuchinos- y
la del cónsul Giraud (1675), primero en atribuir a Fidias las
esculturas del Partenón.
Este conjunto de escritos y cartas, muy coherente, no fue realizado
por viajeros sino por personas instaladas en Atenas, que habían
adquirido un profundo conocimiento del país. Todos eran personajes
instruidos y todos realizaron una obra desinteresada.
Los misioneros franceses enviados a Grecia habían
recibido una sólida formación intelectual y ejercían una
influencia muy favorable en la salvaguardia y estudio de los
monumentos. Puesto que los extranjeros eran tratados como sospechosos
por los turcos y tenían prohibido dibujar o hacer esquemas, los
padres aprovecharon su situación para confeccionar el primer plano
de la ciudad, el más detallado y preciso de la época.
Por otra parte, en el siglo XVIII Grecia estaba de moda y afluían
los viajeros. A las categorías tradicionales de viajeros se
añadieron artistas y jóvenes de las clases acomodadas que, pues de
terminar sus estudios, completaban su educación con un periplo por
el Mediterráneo, lo que se llamaba comúnmente el “gran viaje”.
A su regreso, las publicaciones de esos relatos de viajes, cada vez
mejor ilustrados, eran grandes éxitos de librería. Es entusiasmo
estaba en consonancia con el espíritu del siglo. La filosofía de
las luces profesaba dos ideas maestras: la de la naturaleza y la de
la razón. Entonces es cuando se aceptó de una vez por todas que
tanto la una como la otra eran la herencia de la Antigüedad.
Así pues, después de 1750 se asiste a un retorno
a lo antiguo, a sus valores estéticos y morales, y Grecia se
convirtió aquí en la escuela de Europa.
El debilitamiento del Imperio otomano, minado por la anarquía
interior, dejó vía libre a las ambiciones de las grandes potencias
que deseaban su desmembramiento y la realización del “proyecto
helénico”, que implicaba la liberación de los griegos.
La nueva situación política y bélica dio lugar a un cambio de
actitud de los turcos respecto a los extranjeros. La vigilancia se
relajó y los visitantes aprovecharon para circular y explorar más
fácilmente el país y adentrarse en las tierras del interior hasta
Macedonia, Tesalia o el golfo de Magnesia.
En ese momento se inició una corriente de
exportación de antigüedades ante la que las autoridades cerraban
los ojos. Los viajes aún comportaban peligros, pero la era de las
exploraciones peligrosas tocaba a su fin, al tiempo que se anunciaba
la del viaje romántico.
Por su parte, los griegos no dejaron de aprovechar
el nuevo estado de cosas. Gracias a la protección rusa -Rusia se
postuló como protectora de los ortodoxos y fomento sublevaciones-
aumentaron su poder marítimo y comercial; con el auge económico,
apareció una burguesía y se desarrolló un sentimiento nacional,
alimentado por las ideas de la Ilustración y por el esfuerzo
pedagógico de los griegos de la diáspora.
El viajero extranjero también jugó un papel importante en la toma
de conciencia de la identidad nacional de los griegos. Con su culto
por la Antigüedad, despertó la memoria ancestral de un pueblo
sometido.
- EL EXPOLIO DE MATERIALES EN ATENAS Y EGINA Y LA REACCIÓN GRIEGA.
4.0.
Bases
teóricas del expolio
Para comenzar, me gustaría llamar la atención de
la importancia que tiene una Arqueología Crítica.
La Ciencia, la Ética y la Política están
íntimamente relacionadas con la Arqueología, y tal vez de un modo
mucho más peligroso la Ética y Política. La Arqueología sufrió
un gran cambio en esta etapa, y ese cambio vino, entre otros, a
través de los diferentes modelos de gestión patrimonial que se
aplicaron.
La “profesionalización” de la arqueología
derivada de las leyes de patrimonio, ha dejado abierta una vía de
debate en torno a las implicaciones económicas y políticas de la
Arqueología, que van ligadas a la necesidad no sólo de esos códigos
éticos que se mencionan, sino también de un control serio y una
regulación de la actividad. Desde el momento en que la Arqueología
se convierte en empresa entran en juego intereses económicos tanto
para los arqueólogos como para quienes las sociedades que gestionan
lo expoliado.
Esto se añade a las implicaciones políticas que
muchas veces tenía y que se acentúan con cuestiones de identidad
nacional en territorios donde las intervenciones de urgencia sacaban
a la luz un pasado que no se correspondía con el discurso clásico
nacionalista, íntimamente relacionado también con el incipiente
colonialismo.
Por otro lado, el gusto griego no era sólo una
fantasía; también expresaba una necesidad de regeneración, tanto
de la literatura y el arte como de las costumbres, como reacción
contra el barroco, que llegaba a su fin.
En los dos decenios que precedieron a la
liberación de Grecia, estallaron cuatro “pillajes” reveladores
de un saqueo de antigüedades practicado al escala internacional y
que, al mismo tiempo, significaron un profundo cambio en el
conocimiento de las cultura griega: el beneficio que obtuvo el mundo
académico no justifica la manera en que los frontones del Partenón,
los del templo de Egina, el friso de Bassae y la Venus de Milo
llegaron a los museos de Londres, Munich y París.
Pero no contentos con saquear Grecia, los grandes de la época se
saqueaban entre ellos. La arqueología formaba parte del juego de la
guerra o le servía de coartada.
A finales del siglo XVIII e inicios del XIX, la caza de los tesoros
del arte estaba alimentada por las necesidades de los museos
públicos, que se multiplicaban. Estos museos públicos tenían sed
de hermosas piezas cuyo resplandor contribuyera a la gloria del
Estado que las poseía.
Ciertos factores políticos explican esos traslados de antigüedades
desde Grecia. No había un poder bastante sólido para impedir el
pillaje. Turquía se agotaba en incesantes guerras contra Rusia,
Francia e Inglaterra, y el sultán no estaba en situación de negar
nada a su protector del momento: de 1799 a 1806 fue Gran Bretaña.
En la misma Grecia no era difícil obtener, comprándolo, el permiso
de las autoridades locales para realizar excavaciones. Por lo que
respecta a las comunidades griegas, no tenían ningún medio de
oponerse a la partida de su patrimonio.
Grecia se había convertido ya en un importante
punto de atracción para los “turistas” de cualquier
nacionalidad, pero ante todo ingleses. La situación política no era
extraña a la moda del viaje a Grecia, facilitada por el acercamiento
entre turcos y británicos en un momento en el que Italia estaba
cerrada a estos últimos por la conquista francesa y el bloqueo
continental.
En esas circunstancias excepcionales, Lord Elgin
fue nombrado embajador en Constantinopla. Al parecer, la iniciativa y
con ella la responsabilidad de una misión paralela en Grecia, con la
voluntad de adquirir obras de arte y de impedir que Francia acaparase
el mercado de antigüedades, partió del gobierno británico.
En cambio, otros ven sólo del proyecto personal
de Elgin, entusiasmado ante la posibilidad que se le ofrecía de
“hacer su embajada provechosa para el progreso de las bellas artes
en Gran Bretaña”.
En cualquier caso, el antagonismo franco-británico
jugó un papel importante en el expolio de los monumentos de Atenas.
Para cualquier observador era evidente que, en ese inicio del siglo
XIX, los mármoles de la Acrópolis estaban destinados a viajar bien
fuera a Londres o a París.
4.1.
Atenas
En el año 1658
se estableció un consulado francés, y se empezaron a tener los
primeros visitantes extranjeros. El embajador francés en
Constantinopla, en el año 1674,
encargó al artista Jacques
Carrey que realizara una serie de dibujos del Partenón y de sus
esculturas,
que han servido posteriormente para la documentación del lugar antes
del ataque que sufrió en 1687
por los venecianos, bajo el mando de Francesco
Morosini, el cual, además intentó llevarse las esculturas de
las cuadrigas del frontón oeste, con el resultado de una destrucción
completa, por la caída que sufrieron las esculturas por las
pendientes de la Acrópolis.
Algunos de sus restos fueron recogidos por otros
militares y son los que se encuentran en diversos museos de Europa:
Roma, Venecia,
Copenhague.
Durante el siglo
XVIII los franceses organizaron un mercado de antigüedades en
Atenas y consiguieron transportar una metopa
y la lápida del friso
del Partenón a París. A mediados de este mismo siglo, la Society
of Diletanti de Londres
encargó al arquitecto Nicholas Revert y al pintor James Stuart que
midieran y dibujaran los edificios y las esculturas de Atenas; como
resultado de ello, en 1762,
se publicó el primer volumen de las Antigüedades de Atenas, con un
gran trabajo científico y unos magníficos dibujos.
En julio de 1801 empezó el saqueo del Partenón, y en términos más
generales de la Acrópolis; el saqueo duraría hasta 1805, fecha en
que se prohibió toda retirada y toda excavación.
A principios del siglo
XIX, Lord
Elgin trasladó un gran número de esculturas del Partenón a
Inglaterra, (los llamados mármoles
de Elgin) y tras largas negociaciones las adquirió el gobierno
inglés el año 1816
para el Museo
Británico de Londres.
Varios equipos de obreros, bajo la dirección del pintor italiano
Lusieri, apoderado de Elgin, se apoderaron de una docena de estatuas
que quedaban en los frontones o que estaban enterradas entre las
ruinas, y arrancaron sin cuenta y seis placas de friso y quince
metopas, además del friso del templo de Atenea Niké y de una
cariátide del Erecteion, por citar sólo las piezas más famosas.
Nada parecía oponerse a las ambiciones cada vez más desmesuradas de
los británicos. Hunt, el capellán de Elgin, llegó incluso a
proponer que se desmontará el Erecteion para reconstruirlo en
Inglaterra.
Cuando en 1834,
Grecia obtuvo la
independencia, se empezaron las primeras excavaciones dirigidas por
los arquitectos Schaubert y Kleanthes, supervisados por Leo Klenze,
consejero del rey Luis
I de Baviera (padre del entonces rey de Grecia Otón
I). La Sociedad Arqueológica Griega, en el año 1837, bajo la
dirección de Panagiotis Kavadias, hizo retirar todas las casas
turcas que se habían construido dentro de la Acrópolis.
En 1866
Charles
Ernest Beulé descubrió un foso, en el que, durante la invasión
persa en el año 480 a. C.,
se habían escondido catorce esculturas de kuroí,
de la que es una de las piezas principales el Moscóforo
de tamaño natural. El resto de las excavaciones se hicieron entre
los años 1885-1890, dirigidas por Panagiotis Kavadias junto con los
arquitectos Wilhelm
Dörpfeld y Georg Kawerau.
4.2.
Egina
Egina, situada en el centro del golfo Sarónico,
tuvo desde el inicio de la civilización egea un papel determinante
en las relaciones comerciales entre las ciudades helénicas y entre
éstas y los países del Mediterráneo.
Los primeros habitantes de la isla de Egina
llegan en el IV milenio a.C. Las excavaciones han hallado restos en
el asentamiento de Mesagros, situado cerca de la colina donde está
el templo de Afaia, dedicado a las actividades agrícolas.
A partir del siglo VI a.C. Egina y Atenas se convirtieron en enemigos
por motivos comerciales y políticos pues Egina limitaba la expansión
ateniense debido a su control del golfo sarónico. Históricamente,
Egina ha sido una potencia naval, basando igualmente su economía en
la pesca y el comercio marítimo.
Centrándonos en la arqueología y las excavaciones en Egina, el
descubrimiento del templo de Afaia en tiempos modernos se debe a
Jacob Spon en 1675. Este médico francés, que viajó junto al
botánico inglés Georg Wheler, como se ha dicho supra,
pertenece a la categoría de viajeros eruditos que desde el siglo XVI
comienza a visitar Grecia.
Jacob Spon consideraba que la aportación de la filología clásica
no era suficiente para el progreso de las ciencias históricas, y que
había que dirigirse a otras fuentes, como las inscripciones y los
monumentos.
Tras visitar Asia Menor, Spon y Wheler llegaron a Atenas, donde
estudiaron la topografía de la ciudad con el apoyo de la misión de
monjes capuchinos y el cónsul francés Jean Giraud. De allí,
partieron a la isla de Egina, donde visitaron el templo de Afaia, del
que en ese momento eran visibles todavía veintiuna columnas. De esta
visita dejó constancia Spon en su libro “Voyage d’Italie, de
Dalmatie, de Grèce et du Levant”. No obstante, malinterpretó
a Pausanias (II, 30, 4) y confundió este templo con el de Júpiter
Helanios.
A partir del siglo XVIII la situación empezó a cambiar. Grecia se
puso de moda en Occidente. Junto a los viajeros tradicionales se
añadieron artistas y jóvenes de las clases acomodadas que después
de terminar sus estudios completaban su educación con el un periplo
por el Mediterráneo y al volver publicaban sus relatos de viaje, con
gran éxito.
Robert Charles Cockerell y Karl Haller von Hallerstein, que eran
arquitectos, decidieron tomar medidas del templo de Júpiter/ Afaia
en Egina. Pero, tras los restos arquitectónicos surgieron
inesperadamente las esculturas.
Los primeros fragmentos fueron extraídos en el pronaos: dos cabezas
esculpidas de excepcional calidad. Y en seguida empezaron a aparecer
muchos más en las zonas delantera y trasera del edificio. Los
habitantes griegos de la zona protestaron pues creían que las
estatuas desenterradas estaban dotadas de un poder “mágico”. Los
notables de los pueblos circundantes pidieron a Cockerell que
detuviera las excavaciones “por temor a que llevara la mala suerte
a Egina”.
Pese a estos “inconvenientes” los descubridores los compraron por
una suma irrisoria, que pagaron a las autoridades locales, y los
llevaron a Atenas para obtener dibujos y calcos.
Sin embargo no tardó en estallar una dura competencia entre
particulares y entes públicos para hacerse con aquellas esculturas,
cuya importancia comprendían muy bien ambos arquitectos.
Así, mientras Cockerell defendía los intereses del príncipe
regente de Inglaterra y los del Museo Británico, Haller actuaba en
favor del príncipe heredero de Baviera, Luis. En determinado
momento, y con el propósito de conseguir aquellas obras de arte para
el Museo Napoleón, entró también en liza el artista S. Fauvel, que
representaba en Atenas al embajador francés Choiseul-Gouffier, ante
la Sublime Puerta. En vista de lo cual se resolvió proceder a una
subasta pública, que habría de celebrarse en Zante. Pero, dada la
inestable situación política de la zona, se decidió poner a buen
recaudo las esculturas trasladándolas a al isla de Malta.
En este clima de intereses contrapuestos, Haller que había insistido
al Príncipe Luis de Baviera, se salió con la suya. Las gestiones de
un enviado del príncipe bávaro, J.M. Wagner y de Walter Gropius,
lograron que se firmase un contrato de adquisición a favor de la
casa real de Baviera por 120.000 marcos, sin ni siquiera haber visto
los originales, pero con una idea muy clara de su valor tras conocer
los calcos que le mostró en Atenas Fauvel.
Aquel golpe de mano suscitó ásperas críticas e inclusive demandas
judiciales basadas en la no celebración de la subasta anunciada. Por
todo ello pasaron dos años antes de que Wagner pudiera entrar en
posesión de las estatuas. Pero antes de llevar las estatuas a la
Gliptoteca de Munich, fueron restauradas por Bertel Thorwaldsen,
conforme a la mentalidad e ideas estéticas de la época.
Desde las excavaciones de Hallerstein y Cockerell el templo no volvió
a ser excavado hasta 1894 cuando V. Stais, un arqueólogo griego, en
conexión con trabajos de restauración del templo, realizó una
pequeña excavación de prueba durante la que descubrió parte del
muro este del peribolos.
4.3.
Reacción griega al expolio de materiales
En primer lugar, habría que definir el concepto de patrimonio
cultural, aunque no parece tarea fácil.
Olaia Fontal (2003) ha analizado las distintas acepciones de
patrimonio: como propiedad en herencia, como selección histórica,
como sedimento de la parcela cultural y como conformador de la
identidad social, a las que podríamos añadir también su papel como
modelo de referencia.
Por su parte, González-Varas (2000) ha limitado la categorización
de monumento artístico sólo a aquellos objetos a los que se concede
un valor y un significado articular y distintivo, que los diferencian
de otro tipo de objetos. Coincidiendo con esa dimensión evaluable,
Josep Ballart (1997) ha definido los tipos de valores que pueden
otorgarse a los bienes culturales, dividiéndolos en tres grandes
categorías: valor de uso, valor formal y valor
simbólico-significativo.
Finalmente, las instituciones públicas tanto de ámbito regional
como internacional han propuesto sucesivas clasificaciones y
denominaciones, recogidas en leyes no siempre coincidentes, para los
elementos que se consideran integrantes del patrimonio cultural.
El problema de base es que se trata de un concepto relativo, que se
construye mediante un complejo proceso de atribución de valores
sometido al devenir de la historia, las modas y el propio dinamismo
de las sociedades.
En resumen, podemos definir el patrimonio cultural como el conjunto
de manifestaciones u objetos nacidos de la producción humana, que
una sociedad ha recibido como herencia histórica, y que constituyen
elementos significativos de su identidad como pueblo.
Tales manifestaciones u objetos constituyen testimonios importantes
del progreso de la civilización y ejercen una función modélica o
referencial para toda la sociedad, de ahí su consideración como
bienes culturales.
Dejando a un lado el concepto de patrimonio
cultural, hay que comenzar diciendo que el saqueo
del patrimonio artístico se ha llevado a cabo en todos los tiempos y
por todo tipo de gentes, incluso con autorización de los gobiernos
nacionales para abastecer los museos,
pues en todo tiempo ha existido el coleccionismo.
Los romanos fueron unos grandes coleccionistas de antigüedades
griegas. A partir del siglo III a. de C. los ricos conquistadores
comenzaron a formar colecciones y participaron en una primera fase
del pillaje a gran escala de la Grecia
Clásica.
En la Edad
Media y tras el pillaje de los bárbaros,
las antigüedades no suscitaron tanta admiración. El tráfico de
objetos culturales, sin embargo, continuó. Un primer gabinete de
antigüedades
se formó en el siglo XII en Roma.
En Venecia
un fuerte comercio de antigüedades, en parte de origen oriental, se
desarrolló desde el siglo XIV. La reunión de colecciones no nace,
pues, con el Renacimiento
y el Humanismo,
aunque se revitaliza fuertemente con estos dos movimientos, pero
ahora extendido también a la antigüedad romana. La afición comenzó
primero entre los humanistas y eruditos, pero luego se extendió a
los príncipes y mecenas de la nobleza.
En 1509 Francesco
Albertini escribe su Opusculum de
mirabilibus novae et veteris Urbis Romae, impreso al año
siguiente, al que siguieron obras parecidas de Flavio
Biondo, Andrea
Fulvio, Lucio
Fauno o el opúsculo de Andrea
Palladio “L’Antichità di Roma”,
y en la primera mitad del XVI se empiezan a buscar estatuas por toda
Roma y se suscitan con este motivo rivalidades enconadas entre las
más renombradas familias de la nobleza local.
El mercadeo de estos bienes florece y los precios se elevan
considerablemente. Francisco
I dedica un pabellón de su casa para
hacerse en él una Roma del norte y la mayor parte de las cortes de
Europa siguen este ejemplo.
En el siglo XVII se abre el periodo de los grandes viajes,
especialmente a Grecia. El coleccionismo es entendido como un acto de
prestigio por parte de aficionados y de príncipes, a veces animado
por un verdadero deseo de conocer la Antigüedad. Los viajes aumentan
más en el siglo XVIII. Se extiende la costumbre en las universidades
de hacer un “grand tour” mediterráneo tras los estudios
universitarios para aprender idiomas e iniciar colecciones. Se
anuncia la era del viaje romántico.
Las potencias europeas envían misiones a Grecia en busca de medallas
y de estatuas. Surge al mismo tiempo en Italia la “Etruscomanía”
con el descubrimiento de grandes y ricas necrópolis.
La arqueología romana se refuerza con las excavaciones de Herculano
(1738) y Pompeya
(1748).
Al final del XVIII y comienzo del XIX la demanda de antigüedades por
parte de los estados y los coleccionistas se hace tan grande que se
crean los grandes museos, como por ejemplo el British
Museum (1753),
uno de los más polémicos y criticados (junto al Museo
del Louvre) por la forma en que consiguió
hacerse con un rico patrimonio. Muchos países como Grecia, Egipto o
Nigeria se consideran expoliados por Inglaterra y piden la devolución
de las obras de arte a su lugar de origen. También el Museo
Napoleónico en 1801, la Gliptoteca
de Múnich en 1830, etc.
En 1796, cuando Bonaparte se lanza a la campaña de Italia, saquea
las obras artísticas y antigüedades del Renacimiento
y convoca a los artistas en una comisión del Directorio
para escoger lo que debe ser llevado a París en su pillaje
sistemático. Hasta el mismo Papa cedió muchas obras de arte y
antigüedades.
Este botín llegó a París en 1798. La campaña de Egipto
(1798-1800) abrió la puerta de una nueva civilización a los museos
europeos, pero esta vez Bonaparte incluyó en su pillaje a
arqueólogos, científicos y eruditos como Champollion,
la “Commission des sciences et des arts” compuesta por más
de 170 especialistas: astrónomos, médicos, botánicos, escritores,
compositores, impresores, orientalistas, dibujantes...
Surgen los diplomáticos-arqueólogos-mercaderes que abastecen los
grandes museos europeos. Como en Grecia no hay un poder político
sólido durante la primera mitad del XIX, continúa el expolio.
Para los griegos, las estatuas que iban siendo desenterradas estaban
naturalmente dotadas de un poder mágico: los notables de los pueblos
fueron a pedir a Cockerell que detuviera las excavaciones por miedo a
que llevaran la mala suerte a Egina.
Se inició ya una corriente de exportación de
antigüedades ante la que las autoridades cerraban los ojos. Los
griegos debido a su ignorancia en unos casos e impotencia en otros,
nada podían hacer para impedir el expolio de su patrimonio. En este
contexto no hay que olvidar que las grandes potencias consideraron la
posesión de obras de arte clásicas como una muestra de su poder.
Aunque a
posteriori el saqueo de las
antigüedades significó un profundo cambio en el conocimiento del
arte antiguo, el beneficio que obtuvo el mundo académico no
justifica el modo en que fueron expoliados los países.
En abril de 1811 cuando partían los últimos
mármoles del Partenón hacia Inglaterra llegaban Robert Charles
Cockerell, John Foster y los alemanes Karl Haller von Hallerstein y
Jacob Linck. Estos estudiosos de la antigüedad habían formado la
asociación llamada Xeneion,
en Roma. Fue la primera asociación internacional de arqueólogos,
calificada por algunos como de ladrones de antigüedades. Aunque
ninguno de ellos hizo del comercio de antigüedades el objetivo de
sus actividades, el resultado de sus trabajos (en Egina o Arcadia)
alentó la competencia internacional.
Calmaron sus temores pagándoles. Pero el pago fue un modo de negar a
buen precio un sentimiento nacional naciente que no contaba con
medios para hacer triunfar sus opiniones y al que no se intentaba
educar.
Hay que señalar, sin embargo, los esfuerzos
realizados en este sentido por la Sociedad
de Amigos de las Musas, fundada en
Atenas en 1813 y que tenía como finalidad la educación de la
juventud y la protección de las antigüedades.
No obstante, de forma paralela a esos aspectos
negativos de las prácticas arqueológicas de la época, comenzaron
los estudios científicos sobre Grecia. El grupo de los Xenioi
recorrió el país en toda su extensión, acumulando croquis y
dibujos.
No obstante, la Independencia
de Grecia cambia las cosas: la joven nación
promulga una ley para proteger su patrimonio artístico.
Ya en la segunda mitad del siglo XIX, la nación griega vuelve a
ocuparse de sus antigüedades: los griegos organizan el primer
Servicio arqueológico y elaboran una legislación contra los
expoliadores.
Los monumentos de Atenas, declarada capital en 1833, reciben los
cuidados de todos: de los griegos, a los que esos monumentos
recuerdan la gloria y la independencia pasadas, y de los alemanes,
para los que son el símbolo de su nuevo poder.
La revolución dejó huellas en los edificios: la acrópolis estaba
ocupada por una guarnición turca que fue desalojada por primera vez
en 1822. Más tarde, durante la ofensiva turca de 1827, los griegos
sufrieron un violento asedio durante el cual, cayeron sobre la
fortaleza numerosísimas bombas y balas, dejando los edificios en un
pésimo estado tras el abandono definitivo en 1833 de los turcos.
En medio de todas las dificultades inherentes a la
creación de un Estado, los griegos tomaron medidas respecto a las
antigüedades: reunidos en Trezena, en 1827, prohibieron su
exportación. Hicieron falta toda la diplomacia del propio presidente
Capodistria y todo el peso de Francia, en un momento en el que los
griegos negociaban un préstamo, para que la asamblea aceptara que
los franceses se llevarán las metopas de Olimpia, actualmente en el
Louvre.
Dichas metopas fueron descubiertas por una misión científica que se
unió en Morea al cuerpo expedicionario francés dirigido por el
general Maision, quien había sido encargado de expulsar a los turcos
del Peloponeso y que ganó fácilmente el grado de mariscal en esa
misión.
Entre 1834 y 1836, Ross estuvo al frente del
recién creado Servicio arqueológico, que comprendía tres
circunscripciones: Grecia continental, Peloponeso y las islas, así
como un museo central en el “Teseion”
de Atenas. Se ocupó ante todo de las ruinas de la Acrópolis, que
quedó definitivamente bajo el control del Servicio arqueológico en
1835, año en que, abierta al público, se convirtió en un nuevo
destino turístico.
- EL ESTABLECIMIENTO DE LAS ESCUELAS EXTRANJERAS Y LA GEOGRAFÍA DE LAS EXCAVACIONES EN GRECIA.
En lo que a nuestro tema le atañe, colonialismo y
romanticismo van unidos de la mano, pues todo el movimiento cultural
y político que se originó en Alemania e Inglaterra allá por el
siglo XVIII, no se entendería sin los movimientos colonialistas que
se produjeron por todo el mundo.
Los intentos de hegemonía de unos países
respecto a otros, las envidias, quién posee más colonias, quién
adquiere más tesoros, expoliados o no (eso daba igual), etc., todo
ello avivado por la búsqueda de nuevos mercados y materias
primas, que provocó el resurgimiento del colonialismo con la
repartición de África entre las grandes potencias europeas.
Con la colonización, los países europeos aumentaron su riqueza,
extrajeron gran cantidad de recursos naturales y de materias primas
para sus industrias, pero fueron sembrando el mundo de enemigos, o al
menos, de no amigos.
Desde la expedición napoleónica
a Egipto (1798) se
produjo un verdadero saqueo de materiales arqueológicos de todo el
Próximo Oriente y la propia Grecia, que se encauzó en su mayor
parte hacia los museos de las capitales de las principales potencias
europeas (Louvre,
British Museum
-mármoles
de Elgin- y museos de Berlín
-Altes Museum,
Altar de
Pérgamo-, Múnich
-Glyptothek,
Staatliche
Antikensammlungen-, Viena).
La profesionalización de la romántica figura del
arqueólogo (Champollion,
Ippolito
Rosellini, Heinrich
Schliemann, Robert
Koldewey, Augustus
Pitt Rivers, Flinders
Petrie) conllevó el establecimiento progresivo de unos
procedimientos adecuados de excavación y tratamiento de la
información, lo que dio origen a una arqueología sistemática,
celosa de su consideración como ciencia que pretende aplicar
rigurosamente un método
científico; y que se encauzó institucionalmente a través de la
creación de sociedades
arqueológicas (desde 1829 en que Friedrich
Wilhelm Eduard Gerhard crea en Roma el Instituto
di corrispondenza archeologica-Institut
für archäologische Korrespondenz
-Instituto de correspondencia arqueológica).
Tales instituciones, reproducidas en el ámbito
nacional en cada país, fueron el equivalente de las sociedades
científicas aplicadas a la demostración competitiva de la
presencia nacional en otros ámbitos, como el geográfico (a veces
fueron explícitamente denominadas sociedades
coloniales), todas
ellas enmarcadas en la carrera por el reparto
colonial del mundo propio del imperialismo,
como ya se ha vislumbrado antes.
Como ya se ha explicado, la Constitución griega prohibía la
exportación de antigüedades; los alemanes se jactaban, justamente,
de haber firmado con los griegos en 1875 el primer convenio de
excavaciones “desinteresadas” para la concesión del yacimiento
de Olimpia; todos los hallazgos se quedaban en Grecia; sólo se
podían exportar los moldes.
Bismarck consideró ruinoso ese negocio y cortó los créditos en
1881. Los emperadores comprendieron, mejor que el canciller, el
prestigio que a pesar de todo podía obtenerse de la arqueología, y
financiaron excavaciones de su propio bolsillo: Guillermo I, las de
Olimpia, y su nieto las de Corfú.
En cuanto a los franceses, en ese momento su interés les llevó
abrir una sección que podía acoger a alumnos extranjeros.
Las naciones más prósperas quisieron imitar a
Francia y Alemania. Los americanos crearon en 1882 sus
establecimientos independientes, y los británicos en 1885. Al mismo
tiempo, como se trataba de fundaciones que funcionaban básicamente
con fondos privados, estaban menos ligadas a los intereses estatales.
Los austriacos en 1898 y los italianos en 1909 fundaron sus propios
institutos, cuyos medios no se podían comparar con los que
disfrutaban franceses y alemanes.
El último tercio del siglo XIX estuvo marcado por
la proliferación de escuelas extranjeras y de excavaciones. Se
inició entonces una geografía de las excavaciones que prácticamente
no se ha visto modificada, en lo esencial, hasta la actualidad.
Desde antes de 1914, y refiriéndose sólo a los
grandes yacimientos, los franceses trabajaron en Delfos, Delos,
Thasos y Argos (ciudad); los alemanes en Olimpia, el Kabirion de
Tebas, Samos y el Cerámico de Atenas; los americanos en Corinto y el
Heraion de Argos; los británicos en el Peloponeso (Megalópolis y
Esparta), los italianos en Creta (Gortina, Ida, Festo); los
austriacos fueron los primeros en Samotracia (el yacimiento fue más
tarde asumido por los americanos).
A pesar de todo lo anteriormente expuesto, no sería del todo exacto
creer que la arqueología griega estaba totalmente colonizada por los
extranjeros. La Sociedad arqueológica estuvo animada por un hombre
notable, Stéfanos Koumanoudis, secretario de 1859 a 1894, y después
por el más discutido Panayotis Kavvadias, descubridor de las korés
de la Acrópolis y director de las Antigüedades de 1885 a 1909.
La Sociedad dispuso hasta inicios del siglo XX de medios bastante
abundantes, lo que permitió a los griegos aumentar las filas de
arqueólogos profesionales y excavar numerosos yacimientos,
especialmente en Atenas y Ática (Eleusis, Rhamnonte, Oropos),
Epidauro y Etolia, por citar sólo los lugares en los que tuvieron
lugar los hallazgos más importantes.
Dichas disponibilidades financieras permitieron abrir numerosos
museos en las provincias y emprender importantes trabajos de
restauración en la Acrópolis, Bassae, el León de Queronea y el
túmulo de Maratón.
Estas actividades se financiaban mediante un
original procedimiento. La Sociedad arqueológica había sido
autorizada a emitir números para una “Lotería en favor de las
antigüedades”; es fácil imaginar su éxito sí se tiene en cuenta
que esa lotería fue la única en todo el territorio griego entre
1887 y 1904.
Más tarde hubo que compartir los sorteos y los beneficios con la
marina de guerra, lo que entrañó un descenso de los ingresos.
Además, la revolución de 1909 provocó trastornos que agotaron las
finanzas de la Sociedad.
- LA ARQUEOLOGÍA HOMÉRICA: EL DESCUBRIMIENTO DE MICENAS, TIRINTO Y TROYA Y SU TRASCENDENCIA EN EL CONOCIMIENTO DE LA HISTORIA DE GRECIA CLÁSICA.
6.0.
Micenas
La civilización micénica es una civilización prehelénica del
Heládico reciente, a finales de la Edad del Bronce. Obtiene su
nombre de la villa de Micenas, situada en el Peloponeso.
Micenas estaba localizada desde la Antigüedad. Pausanias
en su libro de viajes sobre Grecia (entre el 155-75 d. C.) ya
la mencionaba como ruinas monumentales y animaba a los viajeros de
entonces a visitarla. Así pues, Micenas nunca estuvo del todo
sepultada como ocurrió con Troya. Como se puede ver en los cuadros
románticos sobresalía su muralla ciclópea e incluso el relieve de
la famosa puerta de los
Leones. También estaba a la vista, el conocido
Tesoro de Atreo.
E
n
1876 empezó las excavaciones con el libro de Pausanias
en la mano. Según el escritor griego las tumbas de de Agamenón y de
sus fieles se encontraban dentro de la murallas y las de los
traidores Clitemnestra y Egisto fuera. Así que con esas pocas
indicaciones empezó a excavar en el interior del recinto fortificado
junto a la puerta monumental e inmediatamente encontró lápidas
esculpidas (estelas).
n
1876 empezó las excavaciones con el libro de Pausanias
en la mano. Según el escritor griego las tumbas de de Agamenón y de
sus fieles se encontraban dentro de la murallas y las de los
traidores Clitemnestra y Egisto fuera. Así que con esas pocas
indicaciones empezó a excavar en el interior del recinto fortificado
junto a la puerta monumental e inmediatamente encontró lápidas
esculpidas (estelas).
Heinrich Schliemann creyó haber encontrado el
mundo descrito por las epopeyas de Homero, la Ilíada y la Odisea. En
una tumba micénica descubre una máscara que denomina “máscara
de Agamenón”. Igualmente se bautiza
como “palacio de Néstor”
un palacio excavado en Pilos.
Así pues, en breve tiempo desenterró un
espacio circular rodeado por una doble hilera de losas verticales
donde encontró una serie de tumbas, el Circulo A.
Los esqueletos encontrados yacían con sus ajuares: máscaras de oro
tapaban los rostros de los hombres y diademas del mismo metal se
ceñían a las sienes de las mujeres. Schliemann
en compañía de su esposa registraron cuidadosamente miles de
objetos contenidos en esas tumbas que la arqueología posterior probó
pertenecían al siglo XVI a. C.
Schliemann reveló al mundo erudito y al gran
público los tesoros extraordinarios de una civilización hasta
entonces desconocida: máscaras funerarias de oro, tazas de oro y
bronce, diademas, puñales damasquinados y piedras tumbales con los
relieves esculpidos más antiguos. Todo fue rápidamente expuesto y
publicado en alemán y en inglés.
Con anterioridad a la excavación del círculo de tumbas, Schliemann
y su mujer habían llevado a cabo algunas investigaciones en torno a
ciertas construcciones subterráneas en forma de tholos que se
hallaban ladera abajo de la ciudad y que según una tradición muy
extendida habían servido para que los soberanos guardaran en ellas
sus tesoros.
Una de tales construcciones, la conocida como de Clitemnestra
(la legendaria esposa de Agamenón), había sido saqueada en los
primeros años del siglo XIX por el gobernador turco, quien para
introducirse en ella, había derrumbado zafiamente la falsa cúpula.
Los trabajos fueron dirigidos personalmente por la mujer de
Schliemann
para acceder a su fachada.
Habrá que esperar a los estudios de Arthur Evans, a comienzos del
siglo XX, para que el mundo micénico adquiera una autonomía propia
con respecto a la civilización minoica, que la precede
cronológicamente.
6.1.
Tirinto
S
chliemann
empezó las excavaciones de Tirinto en 1884 y allí confundió los
muros de ladrillo del palacio micénico como una obra reciente, y los
habría destruido de no ser por los consejos de Wilhelm Dörpfeld,
primer secretario del Instituto alemán de Atenas, con quien
colaboraba desde 1882; esta circunstancia ha llevado a afirmar
algunos que el mayor descubrimiento de Schiliemann fue Dörpfeld.
chliemann
empezó las excavaciones de Tirinto en 1884 y allí confundió los
muros de ladrillo del palacio micénico como una obra reciente, y los
habría destruido de no ser por los consejos de Wilhelm Dörpfeld,
primer secretario del Instituto alemán de Atenas, con quien
colaboraba desde 1882; esta circunstancia ha llevado a afirmar
algunos que el mayor descubrimiento de Schiliemann fue Dörpfeld.
Las murallas del castillo de Tirinto estaban al descubierto; un
incendio había calcinado las piedras y las capas de argamasa que las
unían se habían convertido en verdaderas tejas; los arqueólogos
creían que estas murallas eran restos de una fortaleza de la Edad
Media, y los guías griegos afirmaban que en Tirinto no había nada
extraordinario.
Tirinto, o Tirinte,
es un emplazamiento arqueológico micénico en el nomos griego de la
Argólida en la península del Peloponeso, algunos kilómetros al
norte de Nauplia. Tirinto fue una fortaleza sobre una colina que fue
ocupada hace más de siete mil años, desde el comienzo de la Edad
del Bronce.
Alcanzó su cénit entre el 1400 a. C. y el 1200
a. C. Sus elementos más notables fueron su palacio, sus túneles o
pasadizos y dos anillos de murallas ciclópeas, sobre todo estas
últimas, puesto que le otorgaron a la ciudad el epíteto homérico
de Tirinto, la de grandes murallas. El palacio de Tirinto (finales
del siglo XIII a. C.) estaba defendido no sólo por su doble muralla
sino que también estaba dispuesto para que se tuviese que transitar
por una serie de patios cerrados y atravesar dos puertas en forma de
H (propileas)
antes de alcanzar el pórtico de entrada al megaron,
“Gran Salón” que se encontraba en los palacios de la
civilización micénica.
El famoso megaron
del palacio de Tirinto tiene un amplio vestíbulo, habitación
principal en la que estuvo el trono frente a la pared de la derecha y
una chimenea central rodeada de cuatro columnas de madera de estilo
minoico que servían de soporte para el techo. En la Antigüedad, la
ciudad se relacionó con la mitología en torno a Hércules. Algunas
fuentes sitúan aquí su nacimiento. El lugar llegó a su declive con
el fin del período micénico, y quedó totalmente olvidado con el
paso del tiempo. Pausanias lo visitó en el siglo II a. C.
Sus murallas ciclópeas eran consideradas en la
Antigüedad como una obra portentosa. Pausanias decía que eran
análogas a las pirámides egipcias. Se afirmaba que Preto, el
legendario rey de Tirinto, había hecho venir a siete cíclopes para
que las edificaran, y que luego fueron imitadas también en otros
lugares, especialmente en Micenas, por lo cual Eurípides llamaba a
toda la Argólida “tierra de cíclopes”.
6.3.
Troya
Los estudiosos del s. XIX situaban por error los
restos de Troya bajo el pequeño pueblo de Bunarbashi, a tres horas
de la costa. La descripción del país que hace Homero parecía una
precisa topografía militar.
Según los cantos segundo al séptimo de la
Ilíada, que describen el primer día de combate, los aqueos hubieran
tenido que recorrer 84 kilómetros en sólo nueve horas de combate.
En los versos que cuentan su terrible lucha contra Aquiles,
se describe cómo Héctor
da la vuelta por tres veces a la fortaleza de Príamo.
Los alrededores de Bunarbashi tienen una pendiente demasiado
pronunciada como para que fuese posible. Las excavaciones en este
lugar no descubrieron restos de las ciclópeas murallas que
encerraban las 62 estancias del castillo de Príamo. Tampoco se
encontraron cantidades apreciables del revelador indicio que
constituyen los trozos de cerámica.
“Micenas y Tirinto han sido destruidas hace
2.335 años, y a pesar de ello las ruinas que se han encontrado son
de tal índole que seguramente aún durarán unos 10.000 años”.
(Schliemann, 1868)
Pero a sus 44 años, con el dinero que logró
amasar durante su vida, con la Ilíada y la Odisea en la mano, y su
extraordinaria facilidad para los idiomas, Heinrich Schliemann se
embarcó en la búsqueda de la ciudad de sus sueños, la legendaria
ciudad de Troya.
Decidió marchar a Grecia, en donde conoció a una
mujer griega de nombre Sofía, con quien compartía su interés en
las civilizaciones del pasado y quien le ayudaría en sus
expediciones, acompañándolo en la gloria de descubrir las ruinas de
la ciudad de Troya.
Estos buscados restos se presentaron a la vista de
Schliemann entre las ruinas de Nueva Ilión (1870-1873), pueblo ahora
llamado Hissarlik, que significa palacio, situado a dos horas de
distancia de la costa. Por dos veces, Schiliemann se quedó admirando
la cima de aquella colina que presentaba el aspecto de una meseta
cuadrangular y llana, de 233 metros de lado. Entonces sí quedó
convencido de haber hallado Troya. Fue reuniendo pruebas. Y descubrió
que no era sólo él quien tenía tal convicción, aunque la
compartían muy pocos.
[
...]
así, puedo añadir que apenas pisa uno
la llanura de Troya, queda asombrado al punto por la vista de la
hermosa colina de Hissarlik, que por su naturaleza estaría
predestinada a sostener una gran ciudad con su ciudadela. En efecto,
esta posición hallándose bien fortificada, dominaría toda la
llanura de Troya y en todo el paisaje no hay ni un solo punto que se
pueda comparar con éste. Desde Hissarlik se ve también el monte
Ida, desde cuya cima Júpiter dominaba la ciudad de Troya.
(Schliemann)
...]
así, puedo añadir que apenas pisa uno
la llanura de Troya, queda asombrado al punto por la vista de la
hermosa colina de Hissarlik, que por su naturaleza estaría
predestinada a sostener una gran ciudad con su ciudadela. En efecto,
esta posición hallándose bien fortificada, dominaría toda la
llanura de Troya y en todo el paisaje no hay ni un solo punto que se
pueda comparar con éste. Desde Hissarlik se ve también el monte
Ida, desde cuya cima Júpiter dominaba la ciudad de Troya.
(Schliemann)
En lo alto de la ciudad se había erguido el
templo de Atenea; Poseidón y Apolo habían construido la muralla de
Pérgamo. Así decía Homero.
Por consiguiente, en medio de la colina debía levantarse el templo,
y a su alrededor, con sus cimientos bien clavados en tierra, la
muralla de los dioses.
Empezó a excavar en la colina y halló resistencia de muros que le
parecían insignificantes; y en efecto, venció tal resistencia
derribándolos. Halló armas, utensilios domésticos, joyas y vasos,
testimonio irrefutable de que allí había existido una rica ciudad;
pero hallaría aún otra cosa que por primera vez haría correr el
nombre de Heinrich Schliemann por el mundo entero.
Bajo las ruinas de la Nueva Ilión halló otras ruinas, y debajo de
éstas, otras más, pues aquella mágica colina parecía una inmensa
cebolla cuyas capas habría que ir deshojando una tras otra. Y cada
una de estas capas parecía haber sido habitada en épocas distintas;
en ellas vivieron pueblos que luego habían desaparecido; allí se
habían construido ciudades y se habían derrumbado, habían dominado
la espada y el incendio, pero una civilización había sucedido a
otra, y cada vez se había vuelto a elevar una nueva ciudad de seres
vivos sobre la antigua ciudad de los muertos. Cada día traía una
nueva sorpresa.
Schliemann había ido para hallar la Troya
homérica; pero en el curso de los años, él y sus colaboradores
hallaron siete ciudades sepultadas, y más tarde, otras dos.
Sus colaboradores destruyeron algunos restos de
las capas centrales a causa de sus prisas por alcanzar los estratos
más antiguos, ya que eran considerados como los más importantes
porque allí se encontrarían las grandes riquezas del antiguo mundo
troyano. En algunas fases de las excavaciones fue acompañado por su
esposa, que solía clasificar los fragmentos de cerámica y otros
restos arqueológicos que eran hallados.
Estaba claro que la capa más profunda era la
prehistórica, la más antigua, tan antigua que sus habitantes aún
no conocían el empleo del metal, y que la capa más a flor de tierra
tenía que ser la más reciente, guardando los restos de la Nueva
Ilión, donde Jerjes y Alejandro
habían sacrificado a los dioses. (C.W.Ceram).
Existieron numerosas dificultades durante las
excavaciones, algunas de ellas derivadas de que nunca hasta entonces
se había realizado una excavación de tal envergadura y las
producidas por el clima del lugar, que favorecía enfermedades como
la malaria.
También traducido como “lugar de fortalezas”,
a unos 6,5 Km. del mar Egeo y equidistante de los Dardanelos, en el
montículo de Hissarlik, se determinaron los siguientes
asentamientos:
- Troya I, primer asentamiento con una muralla construida con piedras pequeñas y pizarra, fechado hacia el 3000 a.C.
- Troya II, fortaleza prehistórica, con fuertes terraplenes de defensa, un palacio y casas, que databa del siglo III a.C.
- Troya III, IV y V, villas prehistóricas construidas sucesivamente sobre las ruinas de Troya II durante el periodo transcurrido entre el 2300 y el 2000 a.C.; Troya VI, una fortaleza, que abarcaba una zona más amplia que cualquier asentamiento precedente, con grandes murallas, torres, puertas y casas que databa del 1900 al 1300 a.C.
- Troya VII a, reconstrucción de Troya VI, construida después de que la ciudad fuera destruida por un terremoto.
- Troya VII b y VIII, villas griegas, casas sencillas de piedra, fechada desde el 1100 a.C. hasta el siglo I a.C. aproximadamente.
- Troya IX, la acrópolis de la ciudad grecorromana de Ilión, o Nueva Ilión, con un templo dedicado a Atenea, edificios públicos y un gran teatro, y que existió desde el siglo I a.C. hasta aproximadamente el 500 d.C.
Schliemann distinguió entre varios estratos
correspondientes a distintas fases de ocupación de Troya.
Inicialmente creyó que el correspondiente a Troya II era la Troya
cantada en la Ilíada.
En 1873 descubrió una colección de objetos y joyas de oro que llamó Tesoro de Príamo, el cuál estaba mencionado en la Ilíada, su mujer Sofía, que participaba con él en la excavaciones se fotografió con los adornos de oro y plata dando lugar a una más que célebre imagen.
En 1873 descubrió una colección de objetos y joyas de oro que llamó Tesoro de Príamo, el cuál estaba mencionado en la Ilíada, su mujer Sofía, que participaba con él en la excavaciones se fotografió con los adornos de oro y plata dando lugar a una más que célebre imagen.
Lo hizo trasladar ilegalmente a Grecia y por ello, en 1874, fue
acusado de robo de bienes nacionales por el Imperio otomano y luego
condenado a pagar una multa. Para volver a tener la posibilidad de
que las autoridades turcas le permitieran volver a excavar en el
futuro, pagó una indemnización mayor y donó algunos hallazgos al
museo de Constantinopla.
Schliemann volvió durante tres campañas a Troya.
En ellas, su colaborador más valioso fue Wilhelm Dörpfeld. Por los
hallazgos de cerámica en estas campañas, Schliemann admitió su
error en su creencia inicial de que el estrato de Troya II era el
correspondiente a la ciudad homérica, y en cambio ésta debía
identificarse con Troya VI.
Uno de los hallazgos más llamativos de la última campaña fue el
denominado tesoro L, que constaba de cuatro hachas ceremoniales que
trasladó también ilegalmente a Grecia.
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